Soledad

No me había dado cuenta lo sola que me sentía cuando empecé a recordar en la oscuridad de mi habitación el momento exacto en que los amigos se volvieron invisibles, en que los sábados por la noche mi única compañía era un viejo programa de televisión que a nadie ya interesaba, cuando convertí mis sueños en el analgésico perfecto a mis males, en el que el único perfume que rozaba mis sentidos era el de las sabanas recién lavadas, en esos momentos de vacío mental en los que empecé a lagrimear sin un motivo aparente.

Y bien, esa maldición se llama “Soledad”. La que me lleva lugares imaginarios, inalcanzables, donde soñaba con algo más extraordinario. Ahí los vacíos de mi mente se escribían por si solos, fluían con mayor pureza, se dejaban encantar por los sentimientos y sin preguntar lo entregaban todo.

Cuando me volvía a leer en esas hojas viejas supe que jamás quería dejar de escribir, aunque eso suponía cargar con una melancolía atravesada en el pensamiento.

G.S.

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