La Decisión

Creí estar a salvo cuando la luna cerró los ojos como la finalización a un capítulo tan intenso como amargo para mí. Se nubló en caminos perdidos de hojas y piedras, vagos, sin ningún fin. Impreciso el momento del despliegue de nuestras almas físicas que volaron a otros horizontes.

Creí estar lo suficientemente lejos para que no me importase su regreso dentro de algunos años. Creí haberme puesto a salvo en las manos del engaño que sería el que se encargara de que la atmósfera romántica que rondaba desapareciera. Viajé y viví otros amores que no rebasaban mis deseos ocultos. Conocí y sentí besos fuertes pero mentes vacías.

Bailé y me alcoholicé hasta perderme en una borrosa ilusión que aún podía controlar. No volvió el amar… No había en ningún lugar. Se esfumó con las brisas decembrinas y contrajo nupcias con la luz de las colinas; allá donde ya no se alcanza a mirar. Y doy la vuelta orgullosa y camino con pies de plomo, arrastrándolos quizá en ocasiones por el sendero que aún no ha sido delimitado. No tiene orillas ni pavimento, está en la nada de una conciencia; en una imagen clara y celestial, borrosa pero palpable a los sentidos.

En el momento más mudo de mi historia, volvió a tocar mi puerta aquel sentimiento que se alimentaba de una bolsa que goteaba líquido a mis venas, sumiéndome en una penumbra oculta y lenta. «Ya no hay tiempo» cantaba un loro vecino que cargaba tantos años que eran incontables.

Como un accidente del momento cedí a la oportunidad de amarlo de nuevo. Mi alma se le descubrió como una caja musical; vieja pero con tonalidad muy fresca. Besó mi frente como nunca lo hizo, él también me amó en el tiempo transcurrido. Él cumplió sus sueños y vino a compartirlos conmigo el tiempo que quedaba.

Siempre me vio hermosa. Con una faceta más anticuada que la suya me escondía tímida, pero él siempre me sonrió con sus blanquísimos dientes. Siempre tocó mi piel rasposa; y siempre dijo que mis ojos eran los más hermosos del planeta aunque se oscurecieran de ojeras y prominentes arrugas de cansancio.

Él un año mayor que yo, se cuidó, se alimentó y vivió lleno de estudios y trabajos. Yo, en vicios y amarguras.

Viajamos a ser felices, reíamos y cantábamos juntos, pero la oscuridad de una señal responsable nos hizo chocar con algo y rodar cuesta abajo. Nuestras cabezas se sacudieron hasta llegar al final del precipicio.

La bolsa de aire que debía protegerlo se ausentó; no salió despedida como fuerte cohete a salvarlo. Él murió ese día. Yo, estupefacta, perdí el conocimiento.

Desperté de un profundo sueño de tres años donde luché incansablemente por alcanzar su amor al otro lado. Las maquinas bombeaban vida seguían encendidas y yo solo quería vivir en la misma dimensión que él.

A las dos horas, su cuerpo fue encontrado pálido y frío con una nota blanca entre sus delicadas manos. Las lágrimas de su lectora corrieron por sus mejillas y con la voz temblorosa pronunció cada palabra. La nota decía:

 

“Pasé toda mi vida viviendo sin un propósito, sin un rumbo fijo. Ahora que lo tengo, déjenme morir por él”.

 

L. J. Franzez.

 

 

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