Exánime

Este escrito está dirigido para los más escépticos, altaneros con la realidad, que se encargan de humillar con interrogaciones absurdas las historias fantásticas, historias que en el mundo se ven a diario y que no merecen el sucio juicio de quienes deciden no creer en ellas. Esta historia, como todas las demás, solo pasó de una manera y es la que aquí voy a relatar.

Para efectos de la narración no es necesario que conozcan mi nombre, con el solo hecho de leer lo que les relato identificaran plenamente quien se dirige a ustedes; para todos es ya conocido, o será en un tiempo, lo que me pasó. En una ciudad tan pequeña como esta, y tan alejada del resto del mundo, nada es secreto. Mi natalicio fue casi treinta años atrás. La fecha de mi muerte nadie puede asegurarla, ni yo mismo podría ponerle fecha definitiva porque nunca la tuvo. Más que un suceso fue un proceso, fue como una idea que se desarrolla, similar a un rincón donde la gente pasa y lanza sus desperdicios formando una enorme pila de basura y cosas asquerosas, como una colilla que cae en el pasto amarillo que fue asesinado por la sequía y que forman el monumental espectáculo de brasas naranjas y rojas en un escenario donde el aire tiembla y la existencia se vuelve humo.

Al igual que la mayoría de las buenas historias todo comenzó con un joven “lleno de vida” que se veía a sí mismo como una cascada de esperanza y sueños, un flujo constante de esfuerzos que le dan vida al bosque al tiempo que adornan con autoridad una montaña tan antigua como la tierra misma. En aquel entonces mi alma no tenía la percepción real de lo que es el existir humano, lo que es realmente la vida ni de los placeres que representa el estar muerto, o al menos cerca de estarlo.

Mis preferencias fueron siempre la lectura y el dibujo, acompañados de una buena dosis de filosofía y analítica personal. Días y noches de mórbido ensimismamiento que muchos tacharon de inútil desperdicio, no habrían dicho lo mismo si hubieran experimentado en carne propia las más de mil vidas que tuve antes de morir. A mi lado yacía un gato negro y un cuervo despeinaba mi cabellera, estuve debajo del mar y conocí a la más poderosa criatura, hablé con un profeta que me aseguró que no quedaba ningún dios con vida; incluso viví en un país que la muerte olvidó visitar. Entre los más diez mil amigos que hice, algunos ocuparon sitios privilegiados con respecto a otros. Uno de ellos fue el joven Werther, espíritu libre nacido en Alemania; también podría mencionar al señor Nicholson y un florentino loco de amor que recorrió lo inhumano en busca de su amada.

Mi mente se fue llenando de concepciones sacada de los grandes pensadores, de las muestras de artes más exquisitas que nacieron jamás pero mi razón y motivación por el cuestionamiento nunca cesó y me llevaron a ser lo que hoy en día soy; un hombre que sé auto proclama muerto dentro de una sociedad que lo considera vivo. Esto no por ocurrencia mía, fue un designio divino al cual me fue imposible oponerme.

La perfección de la muerte entró a mi cuarto una fría noche de luna menguante y cielo despejado. Figura asexuada pero hermosa que se posó frente a mí con exquisita belleza, que me enamoró con su sola presencia, que me sedujo con su mirar distante y sus delicadas manos. Me sentía en un trance confuso flotando en una tibia neblina, el único indicio que tengo para decir que mi experiencia no fue un sueño, fue el frío roce de sus manos con mi mejilla. Luego se sentó a mi lado, acerco sus labios a los míos y se rozaron casi sin tocarse. Poco después de ese contacto que por poco y no se le podría llamar beso, se acostó a mi lado y durmió conmigo.

La aurora apareció borrando todo rastro de la frenética lucha cuerpo a cuerpo librada en el fondo de mi cabeza, la vida y la muerte enzarzadas en descomunal batalla que estrepitosamente me arrancó las ganas de vivir; no de vivir, tal vez las ganas de convalecer una existencia que solo había traído libros y miseria. Apenas si pude probar un intento de desayuno que mi madre había preparado en el desastre de su agónico día. Esa mañana mi cerebro parecía no caber en mi cráneo, sentía como se oprimía contra la estructura ósea, como si deseara cambiar su forma, sentía como se apretaba hasta casi derramarse por la cuenca de los ojos, a punto de hacerme colapsar en el resultado de la velada romántica que disfrute al lado de mi dilema de vida y mi futuro placer por la muerte. Fue esa una de las dos únicas noches que puedo calificar de productivas.

Durante casi un mes mis pensamientos eran una maraña de abominaciones y espantos, de pensamientos y sentimientos, confrontación de mis ideas y los ideales. Para ese entonces era un ser limitado que no lograba comprender la divina revelación que se me había sido confiada bajo la oscura protección de una habitación desordenada y maloliente en la penumbra total de la medianoche.

Por recomendación de alguien que nunca me interesó, y de quien sería un desperdicio hablar aquí, salí a la calle y me aleje del resto. Caminé sin rumbo por un sendero contiguo a un misterioso bosque de coníferas. Un haz de luz se filtró entre las alargadas figuras de madera y se estrelló contra mi cara liberando una explosión blanca y dorada que me encegueció por un instante. La tarde se desvanecía bajo el yugo de una oscuridad naciente. Sin mejor idea tomé el rumbo desconocido de una fina capa de arena que se adentraba entre los árboles y a no más de treinta metros encontré una roca encorvada que me sirvió para recostar mi espalda y descansar.

Es imposible asegurar el tiempo que me abandoné sobre la roca, pero puedo decir con certeza que fue reconfortante. En ese instante de soledad absoluta mi luz interior apareció de nuevo, mi enamorada eterna, la hermosa muerte. Ahora era material, era física, pude tocarla. Esta vez, por la naturaleza que había adquirido, pude detallarla mejor como una mujer joven esbelta y hermosa, sensual y delicada. Su piel era hermosa y pura como la fina superficie de un lago congelado por el cruel frío del invierno, sus cabellos eran una capa de seda que habían puesto sobre sus hombros para demostrar honor y linaje, para resaltar su belleza y que se sintiera orgullosa de esta. Inefable belleza, necesitaría ayuda de varios poetas para describirla como tal.

La pasión se apoderó de nuestros cuerpos en un lapso imperceptible, luchábamos con locura sobre una tierra húmeda y llena de raíces secas. Nuestros cuerpos sudaban y se agitaban al mismo ritmo, guiados por el mismo metrónomo. Yo disfruté cada milímetro de ella y ella se apoderó de una parte de mí ser. En ese momento entendí que nuestros caminos se habían unido y que ahora caminábamos de la mano en el mismo sendero del que nunca podría salir. Esa segunda noche tuvo gran importancia en mi vida vacía; fue el momento de mi más clara revelación.

Nos habíamos alejado ya de la borrasca, ahora descansábamos con la fresca caricia del amanecer. Consiente que ya nuestro momento había acabado intente despedirme pero no obtuve de parte ella ningún gesto, ni un adiós ni un beso, ni siquiera un gesto de desprecio o insatisfacción. Deslice mi mano bajo su espalda e intente levantarla, pero estaba flácida y derrotada, hice un nuevo esfuerzo y su figura casi se derretía sobre mis manos estaba ahora en un nuevo nivel de calma, una nueva experiencia fruto de mi amor hacia la muerte.

Esta experiencia placentera y terrorífica fue la única forma en que pude comprender en lo que ahora me había convertido. Aunque parezca una inútil excusa de alguien que intenta ser comprendido, porque en realidad no lo es, algo en mí también murió en ese instante. Ahora era yo el mensajero de lo que algunos llaman “obsesión”, otros suelen ponerle un nombre un tanto extraño, “amor platónico”. Aunque lo veas desde el punto de vista en el que te sientas más cómodo la única realidad es que con esto me acerque al amor de mi muerte, me paré justo frente a ella, me senté a su lado y la bese tal cual como ella hizo conmigo la primera vez.

Mis pensamientos me azotaban con violencia y lastimaban mi espalda con látigos de cuero y espinas de remordimiento, en el instante de dulzura y placer en que le arranque un orgasmo a la muerte cegado por la inclemencia de un deseo, tomé también toda la vida que quedaba en un débil cuerpo de mujer. Toda acción genera una reacción igual pero contraria, el disfrute pleno que tuve en aquel momento era directamente proporcional a la agonía generada en la “reacción”.

Supe por comentarios de mis malintencionados vecinos que una mujer había sido encontrada sin signos vitales en el bosque, la chica estaba tirada junto a una roca de gran tamaño y rodeada de pinos esqueléticos. Era una chica joven que recién había formalizado su relación con un hombre que gastaba sus días como albañil en una ciudad vecina. Supe también que se había escapado de casa de sus padres porque, según comentarios de una mujer sin nada de credibilidad, su progenitor abusaba de ella. Entre los giros que da la vida terminó con un hombre que la mantenía oprimida por golpes y humillantes insultos. Pobre de aquella mujer.

No estoy seguro de cuando ocurrió ni de boca de quien salió, pero escuche decir “aunque su muerte fue igual de horrible que su vida, al menos ya tendrá descanso”. Mi cabeza se angustiaba por la culpa que me intoxicaba y reprimía, pero sin aceptarlo me iba viendo empujado a un nuevo encuentro, una nueva cita con mi enamorada, mi cuerpo casi necesitaba perfumarse de nuevo con aquel bálsamo tibio y rojizo que tanto me extasió la última vez.

Le conté a la única persona a la que le tenía confianza lo sucedido desde aquella noche en mi habitación y también el encuentro en el bosque. Le conté lo cerca que estuve de la muerte y de que incluso sentía que ahora yo era parte de ella, como si fuera vida y muerte al mismo tiempo. Dentro de una retorcida conversación de drama y moralidad noté que deseaba experimentar aquella situación por mí mismo. Una meditación acompañada de una dialéctica inmejorable me llevaron a la concluir que mi deseo era el de completar mi estado natural; quería ser uno con la muerte.

Aquella persona que erróneamente le brinde mi confianza, a traición me atacó y arremetió contra mí usando los únicos argumentos que su limitada comprensión le brindó; mis libros. Aseguraba que Werther era responsable de mi última idea y me condenaba por los criterios que tuve para escoger a mis amigos. Que todo era culpa de Sade y de Poe, que jamás debí leer a King ni a Quiroga. Maldito infeliz que soltaba contra mí todos sus insultos, herejías disfrazadas de amables consejos.

Después de la efervescencia de nuestra discusión completé el penúltimo paso para llegar a mi plenitud. Estaba ahora más muerto que antes, pero aún me faltaba algo, todavía quedaba algo en mí que no me permitía llegar al logro máximo, al que todos aspiramos llegar aunque no lo queramos.

Para algunas personas la desgracia tiene un número. Ciertas regiones consideran al número cuatro como maldito y que es cercano a la muerte. Otros no menos locos que los anteriores le atribuyen al número trece una facultad especial para sembrar terror, lo consideran un número turbio y nefasto. Para mi caso particular también hubo un número exacto. Fueron veintiséis las escalas que debí realizar antes de descansar en el anhelado destino, donde una hermosa criatura me esperaba paciente sentada a la orilla de una cama caliente lista para resguardarnos del frío.

Ya no queda en mi nada ni nadie con vida, ahora todo yo soy muerte por lo que puedo asegurar que estoy muerto. A discreción de ustedes dejo pequeñeces como mi ritmo cardíaco y mi insistencia por respirar la cual ha sido imposible erradicar. Ya consumada la historia misma solo me queda algo por hacer, y no porque necesite hacerlo para completar mi existencia, es más algo rutinario y que hacen los personajes como yo solo por mero formalismo; se asemeja a la firma que se pone al final de un tratado o de un importante contrato en signo de acuerdo total. Esto será lo último que sepan de mí, del tipo que jamás entenderá, del tipo que dejo de vivir por querer existir.

William Mørket.

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