La carta

Entonces tomó la hoja y la colocó sobre la mesa a escasos centímetros del sobre blanco. No tenía claro lo que debía escribir en ese momento, solo tenía la necesidad irrefutable de comunicar aquello tan terrible que había pasado, pero también intentaba sacudir de su conciencia el exceso de humedad compulsiva que le provocó el recuerdo confuso de una mañana caótica.

Se lo pensó un poco más y encontró una frase que le gustó, pero no se atrevió a plasmarla por miedo a no causar el impacto deseado en los potenciales lectores. En repetidas ocasiones sintió el extraño olor a hierro y humedad de la sangre fresca y a poca distancia, pero en la particularidad de las condiciones actuales incluso aquel recuadro antiguo de la foto de su abuelo le resultaba perturbador. El agudo sonido del silencio reventaba sus tímpanos y provocaba la angustia que arremolinaba su corazón desmadejado al tiempo que se resbalaba por los bordes como líquido que no cabe en su recipiente.

Decido a transmitir su mensaje, y sin importar las consecuencias, agarró una pluma que había encontrado después de una exasperante búsqueda de casi cuarenta minutos. Ya no recordaba en qué lugares estaban las cosas, o tal vez los mismos objetos habían cambiado su ubicación. A su memoria le quedaba un poco menos de tiempo que a su existencia así que abrió los brazos, dejo que su cuerpo sintiera el calor penetrante que lo acompañaba y de una bocanada lleno su cuerpo de humo y cenizas.

Esforzándose en poner en práctica toda la técnica que su maestra de caligrafía le impuso en su infancia, empezó a dibujar sobre el papel trazos refinados y suavizados con curvas cerradas como turbulencia en el agua. Pinceladas de calidad que transmutó en letras, que combinó en palabras y que representaban con el detalle y la finura de un escritor de su tiempo la manera como recibió aquel certero golpe que lo impulsaba a despedirse del mundo. Intentó recuperar la calma en los ojos profundos y la mirada oscura del retrato de su abuelo, pero la decepción desarmó su espíritu al ver que en aquel lugar alto de la sala ahora estaba una insulsa pared gris.

Sus ideas eran la cloaca donde se mezclaba la turbia catarata de sentires oscuros con la melancólica certeza de saberse un extraño invasor en una realidad de neblina, donde se aglomeraban los recuerdos muertos y las angustias de los desconocidos que lo rodeaban, personas que por algún extraño motivo pasaban tan cerca de él pero al mismo tiempo sin hacerlo, como nefastos espectros que irrumpían la tranquilidad de la que era dueño.

Frente a la conmocionada presencia de una joven de vestir peculiar, siguió con la redacción de la funesta misiva. Pidió disculpa por las incomodidades innecesarias causadas por un desconocimiento total de una realidad absoluta; con dolor se despidió de aquellos corazones que conocieron el terror en sus ojos y quienes lo confundieron con la misma parca. Un grito femenino plagado de pánico destruyó el sólido muro de quietud en el que se atrincheró durante décadas y sin darse cuenta su esencia se redujo al polvo que se levanta de su fúnebre cama para levitar confundido en una atmósfera acabada, lastimada por Chronos.

Una chica llorando tapó su boca reprimiendo su impulso y con cuidado se puso en pie nuevamente. El aire desapareció y cedió su puesto a un velo blanquecino e irreal, manto semitransparente que arropaba a los presentes. La siniestra visión de un sobre de papel se materializó encima de la corroída madera, la carta descansaba sobre una mesa de roble podrida por todos los flancos, en una macabra habitación llena de fango y manchas marrones. Esquivando los obstáculos en la penumbra se acercó hasta la incoherente escena de un salón destruido, arrasado por las llamas y asfixiado por las décadas donde un mueble de madera construido en antaño cargaba en su lomo un sobre de papel inmaculado junto a una hoja blanca y una pluma que aún estaba húmeda. La chica tomó el escrito y con terror leyó la despedida y disculpa que quince segundos antes había sido escrita por aquel que habitó la tenebrosa edificación casi dos siglos antes.

William Mørket

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