Primera carta a Aurora

Hola, preciosa dama de rizos despampanantes y de sonriente mirar.

Primero que todo deseo excusarme ante el morboso hecho de escribirle sin su autorización y sin mediar ningún tipo de consecuencia que pueda ocasionar mi irrazonable actuar. Aún yacen en mis pupilas dilatadas el brillo que humedecieron mis ojos cuando la vi caminando como una princesa al altar, simplemente perfecta.

Me cautivó ver entre su vestido de transparente telar su espalda semidesnuda que dejaba al descubierto sus firmes hombros color canela, suaves a la vista en medio del encaje color perla que les adornaba. El tatuaje de serpiente en su nuca se veía ligeramente opacado por el desorden tan sensual de su melena flotante.

Quizá se pregunte usted ¿Quién soy yo? O tal vez sea como de esas niñas mimadas que se ariscan al recibir textos de un desconocido pensando en qué tipo de andrajoso será. Sin embargo, usted no parece ser tan superficial, lo digo por la manera tan nostálgica de mirar el altar. De igual forma en este momento no deseo revelarle quien soy. Prefiero, por tanto, que mis palabras le llenen de tal forma que sea usted quien tenga la jugosa necesidad de conocerme.

Tiene usted tantas historias a punto de desbordar de sus fascinantes ojos oscuros que en algún momento de esta pequeña historia que estoy construyendo desearía que usted pudiera compartirme para servirle aunque sea de consuelo como sanación a sus angustias. Las azucenas que le decoraban el camino se marchitaban a su amargo andar, tan vulnerable usted deseando cegarse a su realidad y sonreír alrededor. No sé bien la razón de ese ostentoso ritual que danzaba de felicidad a su alrededor mientras usted fingía sentirse a gusto cuando internamente se alteraban sus emociones, pero en cierta forma me causaba melancolía.

Permítame el atrevimiento, pero mientras le observaba en la distancia alucinaba con ser yo quien la raptara, no con un cierto fin, si no con la satisfacción de romperle el orgullo a su hombre que a mi parecer es el ser más miserable por permitirle a su flamante dama llorar en las penumbras de su alma rota. ¡Qué fascinante escena!

Lilas sobre su brillante cabellera… Sonrisas a sus ojos.

Debería adorarle en los sueños, pues allí no hay riesgo… La veo tan preciosa justo a la ventana con la tranquilidad en su piel morena, exquisitamente sensual. Me postraría a sus pies implorándole la necesidad que me provocó ese pestañear distraído que me otorgo sin razón.

Antes de continuar con este atrevimiento acoso literario quisiera que usted me otorgara el permiso de escribirle en el anonimato solo con el fin de hacerle sentir algo diferente a las tristezas que le rondan.

Esperaré con ansias su respuesta en la de correos.

 

 

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