Los escritos de la madrugada

Ella me pedía que le escribiera a las tres de la mañana…

Cuando su maltratado cuerpo aún se hallaba intacto. Cuando su mente poderosa descansaba un poco fuera de sí convirtiéndose en una realidad que viajaba a través del espacio físico. Así era ella. Ese era su momento de mayor concentración enérgica y a la vez de perturbación constante, pero entonces podía hablar.

Diseñaba formas específicas de atraerme sin el mínimo roce como en otros tiempos. Esta vez se definía débil y las voces de su cabeza añoraban la carne que cubría sus frágiles huesos. Las tormentas se calcinaban a sus gritos y paralizan los lugares a los que llegase. Si mis letras le perforaran al momento preciso su resurgimiento se daba de inmediato.

Los sueños no alcanzaban a rodearla por medio de esa magia transparente que relaja los sentidos. Quiénes la acechaban la mantenían activa a las posibilidades de futuros hechos que quizá acabarían con su existencia, pero no terminaba, solo en tortura transformaba las palabras, en desdichas fortuitas de tiempos perdidos.

Allá a lo lejos donde los ojos y las mentes descansan, ella absorbía las angustias y las volvía propias. Allá tan lejos donde nadie la alcanzaba. Turbada y absorta ya era sombra. Yo le preguntaba, ¿por qué en el día yo no la encontraba? Y ella solo callaba.

Cuando la luna se posaba en lo alto, llamaba con las penas y al juntarse con las mías yo despertaba. Y al escribirle entonces volvía como llamada desde la lejanía. Escribía y escribía, cada día le escribía. Su estadía tan efímera dejaba sin sabores en mi alma, pero yo me conformaba con su compañía.

Una noche me dijo: Siento que soy una muñeca muda de sonidos y carente de expresiones. ¿Será qué esto es la muerte y el suicidio no es más que un concepto diferente de hallar tranquilidad? A lo que yo respondí: ¿y si esto es la muerte y el suicidio no es más que el renacer de la vida, el renacer de los sonidos que se inmutan en nuestros labios o los caminos que vemos y nunca alcanzamos? ¿Y qué si la palabra “suicidio” fuera más amable? ¿Se rogaría un instante en sus afamados brazos que llaman? ¿Y qué hay de los ventanales que se abren ante nosotros para poder mirar? ¿Crees tú acaso que su única misión es observar?

Sus respuestas nunca llegaron… Al despertar ya no eran las tres de la mañana. Abrí los ojos a la luz fulminante, las paredes marcadas y los brazos atados… Ya era la hora de mi siguiente dosis.

Grace Suárez.

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