Desde la ventana.

Sopló el café intentando enfriarlo, incluso él lo sintió muy caliente. Sus gafas se empañaron y sintió ese delicioso aroma que por años recordó con el anhelo inmortal de revivir esa experiencia. Ahora, miraba por el gran ventanal y el panorama de la ciudad lo saludaba con respeto. El majestuoso río le hacía un guiño con el ojo, su alcahueta y fiel amigo durante tantos años de incansable esfuerzo.
Volvió a su taza y dio un sorbo con la parsimonia de un catador veterano, sorbo que le estampo en la retina aquella mañana fría de un triste abril donde su paladar recibió por última vez el gusto turbio y complejo del café. Hoy estaba mucho más tranquilo que aquella vez, aunque en realidad tenía motivos para que no fuera así.
Con el bello panorama, intentaba recordar como lucía la ciudad veinte años antes. En su imaginación jugaba a cambiar los estrepitosos centros comerciales por los edificios viejos que se limitaban a estorbar el paisaje. También recordó como antes aquellas ridículas y redundantes urbanizaciones eran una extensión verde de naturaleza limpia que encantado visitó, pero solo en su infancia y acompañado de su padre.
Como si se tratase de aviones, acudieron a su cabeza los nombres de sus hijos; algunos húmedos otros brillantes. A veces la indiferencia es el pago al esfuerzo. Quiso enfocarse en lo bueno y volvió a mirar el río que se había puesto de acuerdo con el ocaso para vestir igual, un vestido naranja con destellos rojos.
Tarde se dio cuenta de que las lágrimas son igual de bellas, o tal vez más, que el roció frio de la mañana. Ambos eran el adorno perfecto para las rosas y los recuerdos que enorgullecen. Ya su taza estaba por acabar y su rostro reflejaba la milenaria sonrisa de la complacencia, una sonrisa arrugada y seca. Se sentía a gusto, tenía solo lo que quería: café, buenos recuerdos y una sonrisa.
Un agudo pitido, fastidioso y continuo, le avisaba que era momento de volver a su cama, la enfermera llegaría pronto y se molestaría si lo encontraba en pie. Puso la taza sobre la mesa y las gafas junto la taza, se recostó en su almohada y se dedicó a apreciar el sonido angustioso e ininterrumpido, que aunque en nada se parecía, le recordaba la quinta sinfonía de Beethoven.

 

Isaac Benavides.

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