Calixto Díaz

Apenas minutos antes había empezado a morir la oscuridad de la noche, cuando la imponente presencia del sol tiñó la totalidad de un hermoso color mandarina. Calixto cargaba en su mochila de lana una panela entera y dos cebollas, su típico cargamento para afrontar el bárbaro esfuerzo de caminar desde su corregimiento hasta Barranquilla. Una camisa beige,  translucida y maltratada por los años, cubría su barriga y sus hombros al estar sujeta solo por los tres últimos botones. Su sombrero, el de ala más ancha, mantenía su ajado rostro a salvo de la crueldad que caía del cielo.

Estando en Barranquilla las condiciones eran llevaderas en comparación, aunque el sol estaba cerca de su altura máxima y por ende la temperatura era mayor. La brisa que recorre la ciudad proveniente del mar se hace tan fresca como un baño de madrugada a la vez que el sin fin de carpas a las entradas de los locales formaban un camino infinito de sombra y descanso entre tanto afán matutino y vallenato clásico.

Una carreta con limonada y agua de panela se antojaba perfecta en la agonía ardiente de un mercado público en la ciudad costera, pero el deseo intenso de aprovechar su dinero le hizo negarse aquel placer en distintas ocasiones, pensó que podría darse aquel extravagante lujo cuando tuviera todo aquello por lo que había venido. Básicamente en lo que estaba dispuesto a gastar sus ahorros. La lista empezaba con una camiseta del Junior para su primer nieto, un balón para el segundo y algunos otros juguetes; para sus dos hijas había dejado un espacio en blanco, no estaba seguro de lo que pudiera gustarle a ellas pues desde siempre se mostró tan fuerte y trabajador que en pocas ocasiones tuvo tiempo para compartir con ellas; para Ana, su amante y amiga de, literalmente, toda la vida, reservó un lugar especial. Para complacer los antojos de su esposa compraría carne de cerdo para servir acompañada de yuca cocida, iba a comprarle una bata para dormir porque ella misma se lo pidió y para el toque romántico estaba dispuesto a comprar un anillo para reafirmar su alianza eterna.

Cuestionando su actuar de aquella mañana y mentalmente intentando encontrar sentido lógico a su decisión, subió al bus cuya placa anunciaba el nombre de su pueblo. Eran pasadas las dos de la tarde pero entre el sudor que lo cubría y los reflejos que lo cegaban se sentía tranquilo como quien termino una larga jornada de trabajo y se dispone a descansar. La brisa típica de las zonas rurales entraba por la ventana y le empujaban contra el asiento, Morfeo se esforzaba en vencerle pero él no cedió del todo, supuso que tendría tiempo para dormir cuando llegase a casa.

Su intensa lucha terminó y la angustia se retiró sin mediar palabras, había llegado por fin a casa. Se sentó en la mecedora del patio justo bajo la sombra del árbol de mango que había crecido junto con él. Abrió los tres últimos botones de la camisa y dejó su sombrero reposar en el piso, se sacó las chancletas y cerró los ojos con la complacencia de quien había hecho una gran obra. Al cabo de una hora el cerdo estaba listo y la yuca cocida cargaba suero recién preparado, su esposa Ana lo llamaba desde la cocina con emoción, pero él, tranquilo bajo la sombra, nunca respondió.

Isaac Benavides

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