Concepción Plata

Con la postura regia e indiscutiblemente elegante que lo caracterizaba y que acompañaba perfectamente aquella piel morena y esas canas brillantes, Concepción Plata desde el marco de la puerta invitaba a su cliente, aunque él prefería llamarles pacientes, a que entrara al oscuro cuarto que cortaba el pasillo de la extensa casa. La atmósfera del cuarto era húmeda y pesada, tanto como si el aire de la habitación fuera reemplazado bruscamente por un fango turbio y fétido.

La mujer entraba arrastrándose sobre sus rodillas como las criaturas silvestres. Manifestaba dolor, que describía como un gran peso, en su zona genital y que le impedía mantenerse sobre sus pies sobre cierto tiempo. Por alguna razón inalcanzable para la banalidad propia de los humanos, dicho peso le obligaba a mantenerse en aquella postura de humillación y sometimiento.

La resignación la tenía doblegada y casi era su uniforme, la fatalidad de su rostro era perfectamente acompañada por la perplejidad de quienes la observaban y la tristeza era en ella un aura que emanaba y que llenaba el ambiente que tocaba como tinte que se derrama sobre el agua.

Concepción rápidamente cerró la puerta y no permitió al acompañante de la mujer entrar a la habitación. Solo podían estar ellos tres, no podía estar nadie que no estuviera directamente implicado.

Recostada sobre la cama y siendo lentamente asfixiada por la atmósfera, la mujer sollozaba y gemía, rogaba a Concepción y a Dios que le curaran, que sanaran su cuerpo y que le permitiese retomar la vida de agonías de la que era dueña cuando se autoproclamaba “feliz”. Mientras él navegaba entre sus libros y cuadernos de anotaciones recolectadas, ella confesaba el que consideraba su pecado a pagar. Poseída por un deseo reprimido y convencida por el calor de su tierra, inicio una travesía de lujuria con un hombre que representaba la unión y soberanía de su familia, especialmente de su cónyuge e hijos.

En su libreta aparecía narrada con el detalle de un Nobel la vida sexualmente desmesurada de la mujer que andaba sobre sus cuatro extremidades. En el libro que se auto-redactaba escribió el nombre de una bruja que, como castigo y correctivo, la condenó a la pena de andar a gatas.

Concepción había leído y escuchado lo suficiente, cerró su libro sabiendo que al guardarlo nuevamente sus hojas quedarían libres de cualquier rastro de tinta. Tomando una caja de fósforos le pidió a la mujer que se relajara y cerrara los ojos, le comento que recostada en la cama vertería sobre ella un líquido que, por ciertas cualidades, le daría la sensación de que la masajeaban. Solo dijo eso, no quería ni sabía cómo explicarlo.

La mujer dudó antes de recostarse sobre la cama, tal y como le habían ordenado, aunque los comentarios ponían a Concepción como el eminente doctor capaz de curar lo insalvable, de apaciguar lo insufrible y de superar lo imposible. En especial le perturbaba un gran marco dorado sin retrato que representaba el único adorno u ornamento en la penumbra en que se sumieron desde que la puerta se selló. Aunque la casa toda era prácticamente una hermosa galería de arte, esa habitación era tan mortecina que parecía pertenecer a otro lugar y por error había sido colocada allí.

Ella cerró los ojos después de culminada la batalla de orgullo contra esperanza y se abandonó por completo al soporte que le brindaba la cama. Concepción prendió un cigarro y con el mismo cigarro encendió varias velas que luego iba colocando con quirúrgico detalle frente al marco dorado. Murmuraba una y otra vez una palabra, tan quedo que no se escuchaba, tan rara que no se entendía.

Algo tomó cuerpo frente a él, pero ella no tenía el valor de vislumbrar aquella sombra amorfa. Ella se entregó a la cama y a Morfeo mientras él también se entregaba a un dios.

La sesión culminó con una mujer rebosante de júbilo y su amigo que la veía como quien presencia un milagro. Ella abrazó a Concepción y por impulso lo beso en la boca, no le bastarían las manifestaciones de afecto ni las riquezas materiales para demostrar cuan agradecida se encontraba. Él los acompañó hasta la salida y los despidió con el habitual canto:

Soy Concepción Plata

un hombre sin pena ni ley

aunque contra mí se alcen mil

entre ellos siempre soy rey

y todos los que lleguen aquí

a todos lo mismo los mueve

este inefable don

este que nació en el cincuenta y nueve.

Luego retorno la calma sepulcral de la casa.

***

Todos eran desconocidos, nadie podía reconocer más de uno o dos rostros en el grupo incontable de personas que, vestidas con la máxima elegancia y sobriedad que aportaba el negro, asistieron al entierro. No estaban seguro quien avisó, pero todos y cada uno de ellos recibieron el funesto sobre plata. Algunos hablaban entre sí y entre lamentos o lágrimas, narraban los extremos males de los que fueron salvados por el maravilloso Concepción Plata.

Todos caminaban hacia la tumba mientras un hombre hablaba de cómo fue librado de un tumor que, literalmente, le deformaba el pecho. Al fondo un anciano con alegría llamaba santo a Concepción por su hazaña de curar a su nieto de la terrible hidrocefalia. La mujer del peso en la pelvis solo escuchaba, no quiso contar su experiencia por más que se lo pidieran, pudo más la vergüenza de las implicaciones, pero si se unió al coro que rememoro con solemne gracia, el canto distintivo del homenajeado.

Llegaron entonces a la lápida que debía ser de Concepción, debía estar marcada con la placa C1959 según la misiva y tener la famosa rima esculpida, pero el numeroso grupo se transformó en una masa de desconcierto y espanto. La lapida C1959 estaba marcada con lo siguiente:

Hoy al cielo doy gracias

por permitirme verlos otra vez

y de una vez

contarles esto con ansias

hoy reposo sobre llamas

caminando en cuatro patas

mil son mis males

diez mil mis desgracias

y aunque estoy deformado

sigo siendo un hombre sin pena ni ley

en un tiempo en el cielo estaré

aunque sus cuotas no he pagado

entre ustedes sigo siendo rey.

William Mørket.

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