El sacrificio

Caminaba en la negrura como quien nada en la superficie tranquila de aguas cristalinas. La oscuridad, déspota e inclemente, no lograba frenar aquel andar pausado y seguro que esquivaba cada obstáculo con la destreza que da el alba. Recordaba las rocas, el musgo que había en ellas, el espesor de los arboles, las formas en sus cortezas; por desgracia recordaba también el monolito rústico y amorfo que, vestido de verde, se mezclaba con la espesura. Un silencio esmeralda estrellaba pensamientos contra al viajero de la insoportable carga, ideas y dolores que enjugaban una herida que acumulaba puntos con el correr de las lágrimas.

En el claro del bosque, el chaman tiro su carga. Una alimaña que volaba hizo un movimiento esquivo frente a un espacio vacío y confirmo aquello de lo que estaba seguro: Ese era lugar.

Aquel sitio de color azafranado, pero que alguna vez fue tuvo la apariencia de la hierba, estaba enmarcado por arboles y cinco monumentos de roca tallada en una única pieza representando a una deidad tan olvidada como sus enseñanzas. El chaman reviso su mochila, y con una daga rasgó el suelo abriendo espacios en la pastosidad seca y delineando un extraño dibujo. Las peculiares formas y marcas, indescifrables y macabras, terminaban todas conectadas a las estatuas que resguardaban el círculo amarillento. Las marcas eran igual de extrañas que las palabras que pronunciaba.

Entonces dos fuegos nacieron, un en el centro del círculo, otro cercano a sus labios. Expulso algo de humo y espero que las llamas ardieran lo suficiente, ya el cuerpo estaba en posición al igual que los otros tres objetos. Aun dudaba de la sensatez de sus actos, de cualquier forma su destino seria igual de trágico que su lúgubre pasado.

El chaman froto los dedos en sus ojos, luego bajo por sus profundas ojeras, el fatídico viaje lo condujo a las puertas del hades, tan próximo a él que las llamas eternas acariciaban su rostro ofreciendo calidez y muerte. Para aquel momento frente a él, una amalgama de sombras, fuego y hojas secas, se levantaba con parsimonia digna del ritual. Él permanecía sereno y respirando quedo pero constante. Ya no tenía miedo, solo una esperanza vaga, prácticamente inexistente.

La inefable forma humanoide era símbolo del funesto punto sin retorno al que había caído cegado por el dolor, solo quedaba algo por hacer.

— Ahí tienes el cuerpo de la virgen y la cabeza del príncipe. ¡Devuélvemelos ya! — Dijo plagado de odio
— Ya lo sabes, no te daré dos cuerpos y dos almas a cambio de dos cuerpos. — dijo la gutural voz naciente de una boca que guardaba fuego
— Maldito seas… — su voz se dirigía al mismo punto del suelo que miraba— Pues toma mi vida y vayamos al pozo de la que te saqué.
— Que así sea… — dijo con una sonrisa de placer en su distorsionado rostro

Para cuando el sol ya infectaba de luz las zonas altas de los arboles y su maleza, una mujer y un niño descansaban sobre el frondoso e inmaculado pasto de un bosque espeso e interminable. Una sombra se materializó en un chaman que yacía con la vista clavada en la infinidad del cielo. En su boca había un rollo y en su mano un pergamino dirigido a aquella que recién despertaba.

 

William Mørket.

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