Manifiesto para unos pocos

Una tarde azafrán de un noviembre cualquiera, aburrido ya del infinito trazo que dibuja el tiempo sobre su existencia, la elegante estatua bajó de su altar. Sacó del bolsillo de su chaqueta una pluma en roca igual que el resto de su integridad, y tomó del suelo una hoja de papel que alguien desechó al menospreciar su valor. Caminando con la paciencia de quien ignora la mortalidad y las banalidades se sentó en la banca que observó desde que nació.

Las personas que lo veían, estupefactas e incrédulas dudaban de su vista y de la reacción que debían tener. Nadie sabría qué hacer si ve que la estatua, símbolo autentico del parque y centro de la antigua plaza, se bajara de su lugar para escribir en una banca cual infante que realiza lo encargado en el colegio.

Le dolían las miradas tanto como taladros y cuchillos; siempre se alzó en lo alto con prepotencia y orgullo pero hoy todos le miraban con asombro en aquella postura agazapada en la que escribía. Siempre fue centro de atención, pero nunca de esta manera.

Su redacción comenzó con la brevedad de un saludo, pero conforme y su mano se soltaba, las palabras en la hoja adquirían la fuerza de la roca en la que fue esculpido. Cuidaba con recelo sus palabras, cada letra era como la curva dorada de una joya en filigrana y quería que su manifiesto fuera perfecto. Quería ser incluso más detallista que aquellos que le dieron forma.

Entonces narró como sufrió la ruptura de la pareja que lo visitaba, sin faltar casi ningún sábado, durante los años en que el parque recibía hasta el triple de personas. Recordó la mujer de cabellera plateada y piel morena que le giñaba el ojo al tirarles semillas a las palomas que se paseaban; extrañaba ese sensual guiño con el ojo. En sus memorias inmortales había conciertos de energía desmesurada, besos eternos e irreales, roces atropellados entre pieles lastimadas, ojos caudalosos como el Magdalena. Irónicamente lo insoportable para él eran las miradas indiferentes y muertas, como las de una estatua.

Una niña que escapó de la mano de su madre se acercó a saludarle cargada de inocencia y curiosidad, pero su respuesta fue apenas un gesto con la cabeza. Seguía escribiendo de todo aquello que le apasionaba y que para su fortuna, podía disfrutar a diario. La gente, curiosa pero aterrada, se acercaba con cautela a la banca de madera en la que se redactaba la misiva tan peculiar por la naturaleza del autor.

Satisfecho con lo logrado, doblo a la mitad el papel y lo entrego a la niña quien en ese momento era la más cercana. Subió a su altar con parsimonia semejante a la que tuvo al bajar, y sin emitir sonido alguno, se detuvo en el lugar que le fue asignado desde su concepción.

Isaac Benavides

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