Brindis y despedida

Se estrelló contra la realidad como quien cae súbitamente en sus pesadillas. La penumbra de la habitación mezclaba los olores y transmutaba cada sensación en estímulos desagradables e incomprensibles. Se sentía angustiado, agobiado, pero no recordaba más que una figura alargada que se reflejó en un cristal mientras lo miraba inexpresivo, luego su mente recobró la voz de su amigo Omar pidiéndole que gastara lo necesario, que no se preocupara por el dinero.

Su cuerpo entero era una aglomeración de dolores insufribles que se interponían entre sus recuerdos y confundían todo. Levantó la mirada y redibujó un rostro moreno en una capucha oscura y desteñida que le ayudaba a levantarse del suelo frío. Penoso fue su andar a casa, lleno de golpes contra el pavimento y momentos inertes de lucha contra fuerzas invisibles que amenazaban con reducirlo. Su miserable vida fue relegada por su instinto de supervivencia, después tendría tiempo de replantear las cosas con sus hijos.

Su piel sudada absorbía el frio despiadado que tensaba cada músculo de su cara y congelaba sus dedos. Sus ojos se negaban a mirar fijo el horizonte inquieto y turbado que lo mecía sin clemencia como si colgara del péndulo de un reloj antiguo. Abrió su mano y no encontró la cerveza que tomaba cuando se recostó en la cama, bebida que compro en una tienda veinticuatro horas. 

Una extraña criatura, alta y escamosa, escoltaba sus pasos. Vanos fueron sus intentos por perderla pues su caminar era torpe y lento, sentía manos esqueléticas y diabólicas que se aferraban a su cuerpo deseando derrumbarlo. Tardó en aceptar su innegable y mórbido encuentro.

Giró su cabeza alarmado y seguía en ese lugar. Gotas resbalaban de ella y humedecían la mesa junto a la cama. Ansioso le dio un sorbo para notar que continuaba fría; señal irrefutable del poco tiempo que tenía sin refrigeración. Poco pasó desde que entró por la puerta maldiciendo su existencia y el dolor punzante que destrozaba su cabeza. Tal vez el dolor era en otra zona, pero ni eso podía recordar.

Siniestro era su camino colmándole de nefastos presentimientos sin embargo él se afanaba por pensar en aquella cama grande y vacía que le esperaba plagada de nostalgia y erotismo lejano. Exhalaba vapor nerviosamente al percatarse que acostado en ese sitio tampoco encontraría descanso. Ya nunca tendría paz.

La zozobra del camino lo empujó a un lugar iluminado. Solo quería sentirse seguro de la oscuridad que lo devoraba en el exterior. Tomo su miedo como excusa y compró un six-pack de una cerveza reconocida y las pagó con un manojo de billetes que no se molestó en contar. Dudoso era el origen de semejante cantidad de dinero, pero insignificantes eran las incógnitas frente a la placentera idea de continuar bebiendo.

Entonces recobró dominio sobre sí al encogerse de dolor. Fue eso lo que le arrebato el sueño, el funesto mal que le afligía desde el abdomen. Su tormento comenzó al pretender refugiarse en su casa corriendo en un juego indescifrable de pies que terminó al resbalar justo frente a su puerta. Apareció entonces el hombre de tez oscura y ropa deslucida que le ayudaba a recobrarse. Con cautela se repuso procurando no resbalar una vez más con la cerveza derramada o los cristales rotos.

Retorcido entre las sabanas, se preguntaba el origen de su agresión al afable hombre aun sabiendo que, borracho, nunca necesitó motivos para actuar así. Se puso de ejemplo la ocasión en que, estando en un bar oscuro y mísero, golpeó a un mesero antes de que su amigo Omar, dándole todo su dinero, le obligara a irse pidiéndole que tomara un taxi y comprara algo que le ayudase a recuperarse. Era incapaz de recobrar la fecha en que ocurrió eso.

Entre la nauseas producidas por verse envuelto en sabanas, sangre y cerveza; su cerebro alcanzó la silueta de una sombra sacándole dinero de los bolsillos. Forcejearon hasta ser reducido por un impacto en el abdomen, golpe certero y dirigido que casi lo atravesó.

Sin haber soltado la botella ni un segundo abrió con dificultad la puerta de su casa y se tiró en la cama en la que notó que ese golpe punzante fue realmente una profunda puñalada que lo había dejado inconsciente sobre su cama por la exagerada pérdida de sangre y que ahora lo tenía despidiéndose de la vida en un brindis con un extraño coctel de líquidos ambarinos y escarlatas. De cierta manera daba igual lo que ahora pasara porque el día anterior salió sin rumbo hasta detenerse en un sitio de mala fama por el solo hecho de que en la entrada principal había un afiche dorado de una cerveza extranjera bastante conocida; en el caos de su cabeza y con lo macabro de sus pensamientos se postró sobre una silla a llorar tanto como le fue posible mientras esperaba la llegada de un amigo al que llamó para que le hiciese compañía, todo eso para obtener un poco de paz y descanso que paradójicamente era justamente lo que ahora obtendría solamente que en una forma que ni él mismo imaginó.

Con una botella en la mano desarmó el difícil juego de candados y seguros, se estrelló con una mesa y pateo una silla, se tiró con violencia en la cama para notar la profunda puñalada que le quito la conciencia al perder tanta sangre. Bañado en un grotesco coctel de líquidos ambarinos y escarlatas, advirtió que esta era la manera perfecta de obtener la tranquilidad que, varias horas antes, buscaba en un bar sombrio, llorando por una vida de desastrosa soledad que él provoco. 

William Mørket.

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