Sepulturero

Llegada la oscuridad de la noche, y siendo estremecida la campana de la capilla, fue de inmediato a sellar el lugar. Conocía sus funciones, pero no entendía el recelo guardado con la selección, así como tampoco descifraba el significado de tan elevado sueldo. Ganó suficiente experiencia en su ciudad natal y nunca fue perturbada su mente mientras desempeñaba aquel oficio olvidado.

El sepulturero acordó con el cementerio iniciar labores culminado el día, él prefirió siempre trabajar en la tranquilidad de la noche y lejos de todas aquellas almas afligidas que navegaban en la nostalgia. Aunque se acostumbró a los sepulcros y las losas gélidas con grabados tristes, nunca soportó las lágrimas nacientes en ojos vacíos.

Su primera noche fue extrañamente turbada por una lápida con su apellido, era curioso pues su apellido era común solo en la ciudad de su natalicio, fuera de esta prácticamente no existía. Se planteó la posibilidad que se tratase de un familiar lejano o alguna rama de la familia que, en el pasado, decidió probar suerte en el sitio en que ahora él lo hacía. Fuera de eso, la noche fue toda paz.

La luna volvió a pisar el cielo acrecentando el frío clima y con su magia trajo de nuevo esa funesta tranquilidad de la que presume. Él apenas iniciaba su segunda noche cuando un ruido sordo y profundo brotó de las profundidades. Se estremeció y afino su oído, podía tratarse de ladrones o grupos juveniles que, en un afán de aventura o reconocimiento, visitaban los cementerios en la penumbra.

Un segundo estruendo nació de la tumba que llevaba su apellido, ahora estaba lo suficientemente cercano a ella como para identificar el ruido como un grito gutural y profundo, de aquellos que desgarran la garganta. Con esa excepción, la noche fue solo pasividad.

El tercer crepúsculo lo recibió confundido e intrigado. Un corazón endurecido con los años y la costumbre no puede creer en fantasmas que habiten en cementerios para asustar a las personas. Pero era innegable el terror vivido al vislumbrar su apellido en el origen de aquel sonido disperso y distorsionado. Ahora trabajaba evitando aquella nefasta losa de mármol. Sin más, la noche pasó tranquila.

Ya el sol volvía a sucumbir en el infinito rastro de sombras que llenaba el cielo cuando, distraído y distante, cuestionaba todo aquello que vivió las tres noches anteriores. Pasaron las horas y la curiosidad luchaba con el terror hasta que estando cerca de aquella tumba, llegó a él un rumor que se confundía con la brisa. Un susurro como de quien habla ensimismado, dirigiéndose a lo más apartado de su propia consciencia. Empuño su pala y resolvió desvelar los secretos del enigmático sepulcro. Enfurecido, intrigado y atemorizado cavó la superficie frente a la lápida. Antes de llegar al ataúd se detuvo y retomó su trabajo. Luego de eso, únicamente hubo quietud.

Esa tarde cerró con antelación, aceleró su paso y afanó todas sus tareas. Quería hacerse tiempo para acabar con sus miedos, según él, autoinfundados. Sumergido en la negrura del ocaso y frente a la lúgubre losa de mármol, el sepulturero cavaba desesperado, poseído por la ansiedad. El tiempo se le escurría y él solo se enfocaba en llegar al ataúd. 

Abrió la tapa del y vio el inmaculado telar blanco que le cubría. Atónito y desorientado, miro a todos lados. Sintió entonces el cansancio de la noche y le pesó haberse esforzado de tal manera. Cayó exhausto y sin aliento. Luego de eso, la aurora llegó paciente.

Despertó al sentirse oprimido y acalorado. Hundido en una ceguera absoluta, palpó la proximidad de las paredes y con eso adivinó donde estaba. Grito tan fuerte como pudo, pero notó que su esfuerzo no llegó más allá de los cuatro maderos que le encerraban. Dio un segundo alarido hasta casi desgarrar su garganta, el estallido gutural rebotó mil veces y se estrelló contra sus oídos. Solo se pudo percatar de cómo se difuminaba su voz y se perdía. Intentó​ calmarse, se decía a sí mismo que era víctima del pesado sueño ocasionado por una ardua jornada y que era influenciado por su costumbre a un ambiente tenebroso y nocturno. El resto de la eterna noche, fue únicamente calma.
William Mørket.

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