El niño y las tres cruces

La madrugada se negaba a nacer arropada en un lúgubre cielo gris de abril, la tormenta ceso y cubrió la tierra de una inagotable quietud macabra y tortuosa. La arena impura de la playa profanada durante décadas cargaba ahora a quien recibió en antaño con los brazos abiertos y una depravada sonrisa.

Ya había avanzado lo suficiente y sus lágrimas se mezclaban ahora con una cantidad incalculable de ellas, ahora eran dos gotas irreconocibles de la inmensidad absurda de un mar tan negro como el cielo. Quería seguir y sumergirse en el infinito grupo de lamentos que le rodeaban, combinarse con ellos y destruir cada segundo vivido. No podía hacerlo, jamás podría.

Una mañana tan sombría como esta, sus muñecas miraron al cielo y recibieron el tacto gélido de una hoja de acero. Repitió mil veces el funesto ritual y las cruces tatuadas en él, cómo firma de un contrato, cada vez lucían más demacradas. Sabía perfectamente lo que pasaba, pero era incapaz de asumir la responsabilidad de pactar el momento de su muerte. Alzaba la mirada empapando nuevamente sus ojos, luego volvía a la arena, sabía que no era merecedor de ningún tipo de ayuda.

Maldecía aquella madrugada en la que entró a un mar revuelto para librarse de la muerte, maldijo al “iluminado” que le guió en la ceremonia y deseo ver de nuevo el rostro de la muerte, pero que esta vez ella lo mirara a él, que lo cobijara en sus brazos y que acabara la miserable vida a la que se sometió. Su desgracia aumentaba cada vez que veía a la muerte casi rozarle, ignorarlo con cruel desprecio y apoderarse de almas que, a su juicio, necesitaban más tiempo.

Ahora el sacrificio sobre el líquido altar eran lágrimas y una existencia mundana, ofrenda rechazada y menospreciada por una deidad invisible y relegada con la historia. La brisa fría golpeaba su rostro con la misma fuerza con que lo hacia el mar, ambos le insultaban burlándose de su miseria, ponían en sus oídos nefastas palabras que acogía con dolor y entendió que no podría hacerlo, que aquellas cruces demacradas en sus muñecas y la oscura historia de su aseguranza no le permitirían escapar sin haber pagado todos aquellos momentos en que fue salvado. Desde aquella maldita mañana perdió poder sobre su vida y sobre su muerte.

 

William Mørket.

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