Deseo innegable

Yacía sumergido en una inmensidad de imposibilidades, la oscuridad le invadía mientras él luchaba contra la espesura, intentando afanosamente colar su vista y alcanzar aquel cielo claro y brillante como si fuera suficiente para conseguir alivio. La arena húmeda bajo sus heridas le recordaba su lúgubre situación, pero seguía respirando la esperanza de recibir el apoyo de su equipo médico o cualquier alma que se apiadara de su sufrimiento.

Contenía su sangre cuanto podía, la concebía cual tesoro que no pretende malgastar, mas sabiendo que es su vida misma. Le llegaba el nefasto olor metálico de la sangre que aparecía mostrándole el límite de su vida.

Una anciana con un manto blanco, inmaculado a un punto inapropiado para la escena, se acercó hasta acariciar su rostro.

—Es hora hijo mío, debemos dejar este mundo. — su rostro de cerca era cálido y familiar, su voz era casi un susurro.

—¿De verdad eres la muerte? Esta no es la imagen que tenemos de ti.

—Si esa es tu forma de verlo puedes llamarme así, pero si debes saber que no soy precisamente cruel. Ustedes son mis hijos y yo solo vengo por ustedes.

—Pero yo aún no quiero irme — replicó apartando la vista— tengo muchas cosas por hacer.

—Todavía puedes hacerlas, si quieres hacer algo no nos iremos hasta que lo desees. Yo quiero darte descanso, y descansaras cuando así lo quieras. — le miró a los ojos y le regalo una sonrisa afable y cercana, intima, un gesto sincero y cariñoso.

—¿Quieres decir que puedo elegir cuando morir? Entonces… ¿Qué haces aquí?

—Ya te lo dije, vine a ofrecerte descanso cuando lo necesites, si quieres hacer algo ahora podremos ir y hacerlo.

—Bueno, inicialmente me gustaría ir a ver a mi madre. — dijo probando la misteriosa mujer de la sonrisa y el velo blanco.

—Eso haremos si eso quieres.

Entonces acarició sus ojos y la jungla se retórica, la realidad convulsionaba y las sombras se apoderaban de todo cuanto era visible, los árboles se acercaban y se expandían, la existencia variaba como rio revuelto. Para cuando abrió los ojos estaba en la habitación de su madre, ella reposaba en la cama y en una de sus manos estaba enredado un escapulario con la imagen de dos santos irreconocibles. Él se acercó a su madre y beso su frente, no debía despertarla, ya era tarde. Retiro de sus manos la prenda religiosa para luego salir del dormitorio

—¿Podemos irnos ahora? — preguntó la mujer y su vos seguía siendo tan dulce.

—No, quiero visitar de nuevo a la mujer que deje al unirme a la milicia.

—Eso haremos.

Sus manos tocaron sus ojos para cerrarlos y el mundo revolucionó de forma absurda y desmesurada. Luego la luz se apoderó de todo y la inmensidad del cielo se extendió con autoridad. Una pradera verde y brillante nació casi de la nada. A la orilla de un riachuelo una mujer joven hablaba con un hombre que cariñosamente acariciaba sus manos, la pareja se miraba y hablaban con tranquilidad omitiendo el tiempo que pasaba se deslizaba silencioso.

—¿Iras a decirle algo? — preguntó mirándolo con ternura.

—No. — contestó cabizbajo y pensativo.

—¿Podemos irnos ahora? — pregunto la mujer y su vos seguía siendo muy dulce.

—Aún no puedo irme — replicó furioso — Le dediqué mi vida a la milicia y jamás viví de verdad, ahora quiero conocer la vida ¡Quiero embriagarme con el mejor licor y disfrutar de las mujeres más hermosas!

—Así será.

La mujer apareció y él abrazaba una joven desmallada sobre su hombro, la anciana notó la finura del vino vertido en la copa que él sostenía. Miro sus ojos y él correspondió su mirada.

—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó sonriente

—Ahora solo quiero descansar.

 

Isaac Benavides.

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