Extraña costumbre

La noche se apoderaba poco a poco del firmamento, el brillante ocaso moría triste y se transformaba en una profunda oscuridad que traía consigo una gélida brisa capaz de erizar la piel de cualquiera. Aunque mantenían una conversación fluida de cierta manera los tres sentían cierta tensión, como un presentimiento, una preocupación parecida a la que se tiene cuando se está haciendo algo indebido y se teme ser descubierto. De igual manera les parecía una idea excelente el tener una reunión en su casa, aliviaría un poco el mal momento por el que pasaban y sobretodo les ayudaría a mejorar su relación que en el último semestre se había deteriorado a tal punto de que en varias ocasiones apareció entre discusiones la palabra “separarnos”.

Entraron con el carro a la terraza de una casona antigua, pero muy bien cuidada que daba la impresión de guardar un agradable clima cálido. Los tres se abrigaron acomodaron sus bufandas. Apenas apagaron el auto salieron con paso apresurado, casi corriendo, por un estrecho camino de cemento. El piso estaba resbaladizo por la lluvia de la tarde y el frío amenazaba con que se repetiría, y aunque el cielo estaba despejado en el aire casi se palpaba la humedad.

El anfitrión abrió la puerta seguido de su esposa y finalizando la línea estaba el invitado de la casa, un misterioso compañero de trabajo que les había ayudado en más de una ocasión. Tan callado y sereno como siempre, pero no por eso una mala persona, todo lo contrario, los pocos comentarios que hacia solían ser bastante graciosos y era bastante presto a colaborar con sus compañeros.

Con manos torpes el señor de la casa intentaba abrir la puerta, temblaba por el frío y la llave estaba tan helada que casi quemaba la piel al contacto. Se quitó los guantes para intentarlo de nuevo, volvió su cabeza y noto que su compañero había clavado la vista en la ventana del lado izquierdo. Sintió orgullo al ver que la gente “admirara” su casa, y unos cuantos segundos después por fin la cerradura cedió.

La puerta se abrió con parsimonia y unos dos metros frente a ella caminaba un gato de pelaje blanco y naranja muy bien cuidado y peinado, cautivadores ojos esmeralda que se llenaban de misterio y finura. El gato giró la cabeza y miró por un momento al hombre que miraba concentrado la ventana del cuarto adyacente a la sala, el animal lo miró de la misma manera como él estaba viendo la ventana, anonadado, concentrado, impresionado. Los dueños de casa notaron la extraña escena y sin entender nada solo se miraron entre sí. Después de tres exageradamente largos segundos el hombre giró y el gato retomó su camino, esta vez de manera apresurada.

— Adelante, pasa. Esta es tu casa — dijo el señor e hizo una venía con la mano, invitándolo a que se sentara en un mueble blanco que estaba en el centro.

— Denme un segundo por favor, en un momento pasaré. — Dijo de manera amable y sin moverse de la puerta. — Espero no lo tomen como una falta de respeto, juro que no lo es.

— ¿Pasa algo? ¿Necesitas llamar a alguien o algo? — preguntó la señora con preocupación y luego miro a su esposo.

— No es nada, en serio. Regálenme quince segundos y entraré con gusto. Es una costumbre que tengo — Les dedicó una sonrisa intentando romper la tensión que se había generado por el atípico momento.

— Ok, si es así no insistiré. ¿Quieres beber algo? Tal vez una copa de whiskey o un jugo. ¿O tienes una costumbre rara también para las bebidas? — una mueca burlona apareció en su cara.

Whiskey está bien, Gracias — respondió con toda sequedad.

— Bueno señores yo iré a cambiarme, una mujer no puede estar en una reunión con su uniforme de trabajo. En unos minutos bajare y les hago compañía. — Enseguida dio la vuelta y subió por unas escaleras al fondo de la sala.

El anfitrión volvió de la cocina con una bandeja sobre la cual reposaban tres copas pequeñas de cristal, una cubeta con hielo picado en la que se asomaba una pinza de aluminio, una botella de un fino whiskey irlandés, unas naranjas cortadas a la mitad y una inmensa inquietud con respecto al actuar de su invitado al llegar, simplemente no podía creer lo que había hecho y dicho. No podía quedarse con la duda.

— Disculpa que te moleste, pero ¿podría saber que ha sido eso de la entrada? ¿Por qué dudaste antes de entrar?

— Mmm… — pensó un segundo y lo miró con seriedad — pasa que en esta casa hay un demonio y debo pedir permiso para entrar con los míos.

 

William Mørket.

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