Días de perdición

El tiempo llama sin la voz que trae el viento, ancla sus largas patas al piso frágil que ha creado aquella desolada mente, quien furtiva escapa a lugares, vaya a saber si mejores o peores. Solo son lugares que cubiertos en multitudes despide un ambiente impregnado de soledades andantes, ciegas y sordas, abrumadoras y silenciosas.

Mi ser no se haya del todo vacío, pues automatiza los movimientos que solicita la angustiosa cotidianidad. A mis lánguidos brazos llaman las rasgaduras, las desea con exagerada desesperación como método de desconexión entre la alucinación y la realidad. Mis hondos ojos se fijan en la nada que posee el todo y forma las figuras que andan junto al paisaje de gentes y trabajos, de sonrisas y melancolías, debatido ente el colorido valle y el gris cielo.

Cuando esta entidad opresora llama a mi puerta mi corazón se exalta y se acongoja y no está entre mi decisión evitarle el paso a su majestuosa llegada, no es extraña la forma en cómo se vuelve dueña de mis ánimos, consumidos en la neblina más oscura y ruin que me ha visitado durante años. Los rechazos de las gentes cambian de dirección e impiden mi posible y espontáneo actuar… Entonces el odio se transforma y me mira a mí, con mis propios ojos, desde dentro, como amenazando mi prematuras estadía.

Quisiera ser como el ser que me ve con la luz y los ojos de la fuerza, con la magnífica inocencia de quien añora dejarse reposar sobre el regazo protector, ese ser que en silencio otorga la máxima tranquilidad de los santos días, ese, el que en el desconocimiento de mis vías transitadas ha percibido más de que lo que yo pudiese hallar sola. A ese ser cuyos ojos traspasan todo lo existente.

Al sentimiento de desesperanza que habita en mis oscuridades eternas le debo entre tantos favores como desdichas aparentemente pasajeras, he visto sus intenciones fuera del alcance de mis visiones y ha torturado hasta el más débil recuerdo. Y mis sensaciones se apagan y me vuelvo fría, tan fría como los muertos… Aquellos que aclaman mi pronta llegada, entonces frente al abismo el pasado me retiene y cuando me alejo de sus abrazadoras ansias me empuja hacia la nada, llena de desconciertos, de caminos inexplorados, y de mentes dispersas.

Y me acabo cada noche, y las intenciones del medicamento que asoma se vuelven fuertes, pudiendo este otorgarme un sueño pasajero o uno permanente… Y yo le deseo tanto pero, intento contenerme.

Entonces vuelvo a mis sábanas y mi cuerpo queda inmóvil y mente en blanco; casi puedo sentir el correr de mi sangre, los latidos de mi corazón y la presión sobre mi cerebro… Entonces mi cuerpo decide entregarse al sueño profundo que arranca mi alma de vez en cuando… No sé si sea un alivio que me la siga devolviendo.

 

Grace Suárez R.

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