Mientras la tinta roza la superficie amarillenta de esta hoja ignoró hora y fecha, desconozco si afuera brilla el sol con su constante fuerza y energía, o por el contrario es la luna la que reviste el cielo con un halo místico y llena los corazones de nostalgia. De antemano me disculpo si en algún punto me notarán disperso o abstraído, pero no me encuentro en condiciones para redactar con calidad suficiente un escrito que en algún tiempo me fue sencillo. Si decidí emprender el colosal esfuerzo de narrar mi historia es por el deseo desesperado de lucir como un incomprendido, mas no un desadaptado.

Los inicios de mi historia son tan banales e insípidos como la cotidianidad de cualquiera que sucumbe a la falsa comodidad de una vida de trabajo y lucha. La rutina era dueña de la totalidad de mi tiempo y sin notarlo mi existencia se convirtió en plana y atemporal. En un punto maldito de esta línea casi infinita, frente a mí apareció una mariposa de peculiares colores, revoloteaba en el aire y realizaba piruetas con gracia inalcanzable para un humano. Ella me miraba y se burlaba de mi simpleza, me percibía como el ser insulso que siempre fui y de cierta manera me invitaba a seguirle.

Una tarde de aparente descanso la mariposa se presentó de nuevo, ahora volaba con mayor felicidad y ahínco, sus alas colmaban el ambiente con hermosos colores y yo no hacía más que contemplarle. Ella se dirigió a una puerta incitándome a imitarla. Esa vez… esa maldita vez la seguí. Llegamos a una sala inmensa llena de luces y colores semejantes a los que había en las alas de mi nueva compañía. Noto la cavidad honda alrededor de mis ojos y me pidió que descansase, mi habito de repetición me mantenía extenuado a niveles insoportables y ambos lo sabíamos. Entonces obedecí y me dejé llevar por aquel salón que me brindaba paz.

Desperté del placentero sueño al día siguiente, sentía la plenitud de mis fuerzas junto a la inconmensurable felicidad que me invadía. Nunca antes sentí descanso y diversión como un mismo concepto. Recorrí la sala y cada detalle en ella me complacía, sentía que ahora necesitaba vivir aquí. Pronto apareció la mariposa y junto a ella otras más, volaban y jugueteaban entre ellas, la inocencia y alegría de los movimientos creaban un inefable espectáculo que atrapaba a cualquier espectador. Ahora se dirigían a una sala aún mayor en tamaño, yo tras ellas, embelesado.

De este inmenso salón un millón de cosas podría decir, era muy amplio y columnas muy gruesas sostenían el techo. Música festiva sonaba todo el tiempo y cada pared era adornada por dos o tres cuadros que representaban composiciones de colores o algunas figuras históricas de poder y autoridad, entre estas había reyes, escritores y muchísimos más. Ahora me sentía uno con ellos, estaba seguro de mí, y aquel vacío que gobernó era solo un recuerdo lejano y borroso. Lastimosamente mi existencia es efímera al igual que mis fuerzas y al final del día me recosté para descansar.

Desperté del mórbido letargo en una nueva sala, una atmósfera húmeda y saturada me aplastaba contra el suelo frío y rugoso, las paredes en burda roca gris goteaban un líquido viscoso y verduzco que se desliza hasta mí. Levanté la mirada buscando afanosamente la primera mariposa de hermosos colores que aquel nefasto instante me sacó de mi vida para encerrarme en esta asquerosa mazmorra tan lejana, pero la decepción me inundo peor que aquel liquidó de muerte, mi conciencia cansada se estrelló contra mil mariposas negras que levitaban muy cerca, suspendidas en el aire, agitando sus alas de manera rítmica y pausada, con monotonía y coordinación. En un segundo me liberé de la pesadez y hallé entre las losas esta hoja, ahora mi esperanza reposa en aquel que lea este comunicado, soy un proscrito que se ahoga en una habitación cerrada llenándose lentamente y la mariposa que alguna vez me dio felicidad, ahora me devora inclemente.

William Mørket.

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Un comentario en “El destino de la mariposa

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