Está preparado, ya le toca actuar. Segundos han pasado desde que se liberó del pesado letargo, ahora revuelve las sábanas pensando en aquel sueño recurrente que le invade hasta ser perturbador. Cada vez que cierra los ojos, sea de día o de noche, imagina sus lánguidos dedos sosteniendo firme una pesada carga. Es agobiante, demasiado para una persona. Temeroso y trastornado, lanza con vigor su carga, lo hace con todas sus fuerzas y casi sin inmutarse. Entonces todo desaparece sin que él se percate.

Sentado en la cama, observa entre sus manos la pesada carga. Un olor amargo y húmedo asalta su rostro hasta descomponerle, debería ya estar acostumbrado, pero la persistencia del aroma solo aumenta la repugnancia del mismo. Sus ojos acuosos temblaban con sus manos, incluso la existencia era inestable y voluble.

De nuevo dentro de su disfraz de hijo perfecto, se confundía en el aire como polvo que se desvanece etéreo al soplo suave de la brisa. Nadie reconocía su presencia, solo lo hacía una existencia más frágil que la de él. Su hermano le miró confundido, se abrazaron creando un sello que las palabras no pudieron vulnerar y luego retomó su camino. Encarna el odio de una familia, pero la voluntad de uno solo de sus miembros. En la monumental farsa la impotencia se hizo reina y una realidad aparentemente inmutable creo un reflejo distante y recurrente.

El sueño no había acabado. Sabía que aun dormía entre sábanas revueltas y olores desagradables, aunque en su sueño abrazase a su hermano y lanzara su carga, el sueño no culminaba. Podía sentirlo en la distancia que había en sí mismo, caminaba y su percepción era lejana y ajena a sus pensamientos y sentimientos; como en un sueño.

Empuño frente así su carga, listo para enviarla hasta un punto en que no pudiera verlas. Frente a él yacía la grotesca masa alcohólica y de repulsivos olores, entre sus manos y su pecho seguía el recipiente de vidrio con poco de un líquido incoloro. Examinó la nefasta escena para hallar botellas iguales y vacías, escuchaba venir desde fuera de sus sueños los sollozos entrecortados de su madre. No podía verla así que concluyó que ella estaba cerca de él en la dimensión material, fuera de esta extraña alucinación.

En una distorsión de la realidad alzo de nuevo el arma y poniendo todos sus sentimientos en ello, pero casi sin inmutarse, movió el gatillo con el odio de toda una familia. Estalló entonces el mundo en un sonido seco y sordo. La pesada carga volaba lejos por la fuerza de su lanzamiento. En ese momento se liberó de la pesadilla para revolverse entre sabanas.

 

William Mørket.

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