Ella había batallado contra las cruces del momento, envenenada de tiempos febriles y de contrastes transitorios que habían chocado con la aparente sensación virtuosa de quien obtiene todo. Al contraste de un manto incoherente difícil de vivificar y mientras sus caminos se cerraban en posibilidades desganadas prosperaban las intenciones más agonizantes y cubiertas que jamás alguien hubiese imaginado. Ella que deambulaba por el pasto ensombrecido, imperfecto y desolado, cubierto en una neblina fina que acariciaba sus tobillos al andar, sometido a vacilaciones todos sus instantes de intensidad, sosegada al espanto y el horror, atiborrada a aquellos negruzcos recuerdos que florecían entre arbustos, entre ensoñaciones vaporosas, entre caminos cuyas salidas aún no habían sido construidas.

Transmutada en el ajeno olvido, en las preparaciones inversas de manos engañosas quienes han pulverizado hasta el más enternecido de los dones que su banal existencia ha podido otorgar y ha obtenido por tanto una masa espesa, pegajosa y desdeñosa de decepciones y amenazas que intervienen de manera presurosa en su intempestiva conducta. A la luz de sus ojos distractores perdidos en el alba que dibuja sus formas en naranja ha hallado la cúspide a los escapes neutrales, a las desolaciones y ha aislado su ser a otras profundidades, quietas, inamovibles y aún más destructoras. Ha huido volante en busca de la muerte prematura que abalanza sus intenciones a todo lo andante mientras descansa al son de liras intranquilas que someten a los sueños a una constante agonía que repite sus giros días tras días.

Los encuentros más momentáneos se han vuelto a su imaginación y han atado sus significados a las eternas noches que no avanzan y no alcanzan a reavivar todas las batallas que han provocado sus intempestivos despertares cuando el cielo aun es cubierto por la magnífica cama de estrellas. Y sus tensiones han aprisionado su espíritu que batalla sin ahínco, que enmudece y cuyas energías se ven absorbidas por las mantas blanquecinas que arropan sus miedos.

Y la niebla que se posa sobre sus tobillos aligera los pasos sobre la tierra densa, húmeda, y fría que entumece sus más vibrantes sensaciones y se recuesta sobre el suelo inquieto y se abraza a un lodazal de minucias que cubren las extremidades de su cuerpo mientras las lágrimas corren a través de sus mejillas manchadas y distorsiona las visiones cuando el acabado perfecto es completado y junto a la mañana que saluda, ya su desesperado encuentro se halla fuera de los límites de lo intocable, y tras el rastro del tiempo angustioso ya no se halla su cuerpo posado sobre el frío, ya sus tierras se encuentran firmes, añorada entre gentes y adornadas por un ramillete de flores con la inscripción “te echamos mucho de menos”.

Grace Suarez

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2 comentarios en “Alucinaciones de un alma perdida

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