I

Los segundos resbalaban sobre él cómo agua que le lavaba, deslizándose por su cuerpo y sobre sus ojos, arrancando de ellos el velo blanquecino que le confundía. Recuperaba la nitidez de su vista y la estabilidad de su cuerpo, pausadamente su cuerpo perdía aquella sensación de calidez y complacencia que perseguía siempre con ahínco. Entonces la pesadez de su caro reloj se hizo presente en su muñeca para recordarle, como siempre, que el mundo seguía sin que lo notara. Se aterró al ver cuánto tiempo había transcurrido, poco tiempo pasaría antes de que llegara el nuevo año y su padre le pidió hasta casi humillarse que no faltase a la cena. No podía fallar, su padre era la única persona que seguía queriéndolo.

Tomó su chaqueta revisando que aun estuviera allí su celular. Se detuvo frente a un espejo para asegurarse de que todo estaba en orden en su rostro y en su ropa, pero no confiaba en sus ojos y limpió nuevamente su nariz y sacudió su camiseta. Se despidió rápidamente del resto de personas en la habitación y corrió por las calles tanto como le era posible, tratando siempre de evitar los charcos que un clima irreverente dejó.

II

Sus pensamientos vagaban mecidos por el gélido halito que desprendían las nubes grises. El sol no se mostraba desde varios días, y a pocas horas de que anocheciera ya se habían disipado las esperanzas de recibir calor. Ahora eran sus piernas las que ondeaban sin rumbo, el frio penetró todas sus ropas hasta adherirse a sus huesos y torturarlo con crueldad. Él ya no se esforzaba en aumentar su temperatura, cualquier intento por hacerlo terminaba siempre agotándole a puntos que no consideraba soportables. Además, su prioridad en aquel momento era conseguir comida.

Su vista se enfocó en un sándwich que un joven devoraba bajo una vistosa carpa verde. Aquel tipo veía caer la lluvia mientras disfrutaba de su merienda ligera y apetecible. Él por su parte, caminaba en círculos considerando las posibilidades de que la gente le diera dinero suficiente para comprar uno igual. Antes de que se decidiera por dirigirse a alguien, el hombre bajo la carpa verde estiró su brazo en conocido símbolo, y corrió al tiempo que un carro se acomodaba cerca de la acera. En tan trivial proceso el sándwich resbaló para sumergirse en aguas negras que él, con dolor intenso, observó distante.

 

III

«Pero sigues siendo mi hijo y jamás dejaría que te echen de aquí» Aquellas palabras cargadas de amor y aliento completaron la inefable escena de un abrazo tan caluroso que rompía el invierno constante de una capital fría y lluviosa. Él grabó letra por letra en lo más alto de sus recuerdos para así tener presente a su padre en cada momento, sabía que era su único respaldo y que el lazo entre ellos era incorruptible.

Entonces su vista tembló en un húmedo movimiento, intentó cerrar los ojos, pero las lágrimas escaparon en expresión solemne de libertad y llegaron hasta el hombro del costoso traje negro en que reposaba su cabeza. Entendió en ese momento cuanto le amaba su padre y que debía corresponder aquel sentimiento con esfuerzos verdaderos.

 

IV

Borrosas figuras en humo negro flotaban a su alrededor, se deslizaban en el aire y se mezclaban en una nube más grande e igual de oscura. Él era un espectador sentado en las gradas del teatro en que se celebraba la funesta ceremonia, podía ver cada movimiento en la compleja rutina, pero no sentir la cercanía de aquellos que le abrazaban. Las palabras desaparecían antes de ser captadas, igual no le interesaba eso, seguía manteniendo la vista en alto y leyendo las palabras que siempre recordaría de su padre, las mismas que deseaba volver a escuchar entre la amalgama de tristezas y vanos consuelos que ahora le envolvían.

 

V

La noche avanzaba despiadada y él se refugiaba en un callejón bajo varias bolsas. Procuraba no mojarse mucho, el frío se tornaría mortal si su cuerpo recibía directo el agua. Pero el hambre le obligó a moverse. Nadie había en las calles que le diera dinero, la ciudad era un desolado contraste entre un pavimento brillante y luces altas difuminadas hasta ser manchas mate de color blanco. Su cuerpo inconscientemente le llevó frente a la llamativa carpa verde donde, recurriendo a la más absurda de las esperanzas, busco en el asfalto algún resto del trágico accidente que presencio en la tarde.

El agua que brotaba de sus ojos se mezclaba con la que caía de su cabeza, y es que sobre el suelo negruzco no había más que el líquido maldito que poco a poco le congelaba. Cada músculo en su cuerpo se tensó hasta casi reventar. Sabía lo que estaba pasando. Caminando con impaciencia llego hasta la parte trasera del restaurante soñando que su padre lo abrazaría para suplir la ausencia de calor en su cuerpo, incluso deseo tener otra vez la sensación cálida y ficticia, que le producía la coca, pero obtuvo únicamente el roce de la plancha sofocante que hay detrás de los climatizadores y un par de cartones viejos.

 

Isaac Benavides

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s