Sus ojos seguían cerrados, pero su cuerpo empezaba a revolverse entre las sábanas al ser envuelto en un olor fuerte y seco, tan agradable y familiar para a asociarlo enseguida con la rutina de las mañanas. Ella intentó girar la cabeza y apareció cercano su esposo, él notó el intento de movimiento en la cama y se sentó a su lado.

— No te preocupes, sigue durmiendo. Yo debo salir temprano, pero tú puedes seguir en la cama — dijo con voz amorosa, luego le dio un beso en la mejilla — estoy preparando el café. Dejaré el desayuno listo.

Sus parpados volvieron a unirse en la tranquilidad que dejó el roce delicado de los labios en su tez y dejó que aquella calidez recorriera su cuerpo.

Recobró la conciencia sumida en una nefasta oscuridad absoluta. Escuchaba distante, pasos torpes que recorrían la casa, sonaban pesados sobre la loza del suelo, chocando contra ella groseramente. Los pasos se acercaban y ella intentó girarse y ver de qué se trataba. Su cuerpo no le obedeció. No consiguió siquiera abrir los ojos, pero podía escuchar perfectamente la criatura desconocida pasando por la puerta de la habitación, le percibía rodeando la cama y ubicándose justo a su lado, hundiendo el colchón. Una mano pesada y viscosa tocó el hombro que permanecía descubierto, recorrió su brazo desnudándolo y abandonando sobre ella una fangosidad gélida. Ordenó a su brazo sacudirse y no halló respuesta. Debía gritar para salir de aquella angustiosa pesadilla aunque su voz tampoco le pertenecía. Tenía que salir de tan funesta pesadilla, pero no estaba dormida, seguía a su alrededor el inconfundible aroma del café. Probó en vano usar sus piernas.

Entonces el terror se hizo tan real como la repulsiva figura que le acariciaba con morbo. Se encontraba presa dentro de una rígida escultura de hielo. Cada uno de sus músculos habían sido reemplazados por una pieza inamovible e inanimada que seguían con pánico el tacto repugnante de la mano que le acompañaba en la negrura total. Lo único vivo en ella eran sus ojos que saltaban y se retorcían en sus cuencas, se agitaban con fuerzas queriéndose liberar del inclemente castigo impuesto por los parpados.

Lentamente el ser extraño se retiró de la habitación cediéndole otra vez el dominio del cuerpo que yacía entre sábanas. La luz del día irrumpió con violencia en su vista para luego poder recuperarse y sentarse al borde de la cama. Toda ella seguía bañada de un líquido frío y cristalino que se deslizaba. Las manos temblorosas luchaban por alcanzar el rostro mientras ella se deseaba despojarse de las sensaciones que le dejó su sueño. Todo esto hasta que su vista perdida encontrara sobre el piso las marcas aún húmedas de unos pies que recorrieron todo el lugar.

William Mørket.

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