El terciopelo blanco y etéreo se confunde enseguida con la cristalina aura de naturalidad y belleza frágil que sus ojos irradian. Eran aquellos ojos, faros de luz y sensibilidad que con potencia iluminaban un sitio insulso y desaliñado, tanto que nos negaba el goce de las palabras abiertas a los sentires del cuerpo. De nuevo nos tocamos con la inocencia que se aduce del que aún no comete el mortal pecado que ha planeado con la minucia de una caricia.

Otra vez los rostros se acercan y la tez blanquecina se difumina con la morena en efímero acto de banal pureza. Y es que los placeres carnales  tienen la fuerza para corroer la barrera del letargo y borrar con afable calidez cualquier nefasto momento.

Ahora los labios convulsionan y flotan en mutuas ascuas hasta desprenderse del ser mismo, se regalan al deseo negado por años y se unen por el instante deseado, pero eludido.

 

Isaac Benavides

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