Al son del silencio quejumbroso,

a su son, con el tictac de un reloj

acabado entre melancolías pasajeras.

A los gritos inaudibles,

magnificas voces de canticos espectrales

colándose por los grandes ventanales y su

sonata intranquila al danzar brusco de los árboles.

Allí en la absoluta quietud,

abrazado por rasgaduras ensombrecidas por la noche,

y esos indecisos pasos que aprisionan con ahínco sus

pasiones.

A ellos… Los que visitan,

los que con sus febriles sonidos intensifican

los ecos en las entrañas del ser inmóvil, tumbado y aterrado.

Esos visitantes indeseables

llamando entre las altas opacidades a los recónditos seres

que han volado entre tantas brisas, a un tiempo perdido,

esfumados ante la pena.

Batalla el que con premura anda, ese que no despliega los

parpados de las profundas quimeras.

Vierte su ser a la espera ansiosa, a esos segundos

que poseen la pesadez entre los largos dedos,

cuanto más acarician, más eternas parecen

las horas,

tan cargadas de anormalidades como

deseo impíos sobre la vida transcurrida,

y te preguntas: ¿Con qué normalidad

habrá de dormir algún día si las voces

en su cabeza le ofrecen la corporeidad

de una compañía a su eterna soledad?

 

Grace Suárez R.

 

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