Se aglomeraban en sus ojos las horas de viaje con el implacable peso del camino sin recorrer. La carretera se extendía y deformaba hasta ser un hilo negro tendido en un extenso manto amarillento y empolvado tras el abandono eterno. Sus muñecas giraron y se entornaron sin consultar al resto del cuerpo, y antes que lo notase, se sumergía en las calles reventadas de una población pequeña a la orilla del camino.

Un telar blanquecino y translucido yacía impasible sobre todo lo visible, y en ocasiones parecía levitar sobre aquello que no distinguía. Aparcó su auto frente a la puerta de una vivienda discreta con un tablón que en letras opacas decía “HOTEL”. Una mujer gorda y descuidada, de mirada perdida y ojeras profundas como el pasillo de la casa, esperaba sentada tras un mostrador improvisado.

— Buenas noches señora — dijo con precaución el peregrino — necesito una habitación.

— Treinta pesos — dijo sin inmutarse — treinta y cinco si quiere desayuno por la mañana.

— Perfecto, entonces quiero también el desayuno — luego regaló una sonrisa

Con sequedad la mujer le dio una llave marcada y él tuvo que recoger su sonrisa y guardarla junto a la llave. Arrastrando sus pies y un pequeño morral llegó hasta la puerta de la habitación, y aunque era obvio lo que dentro encontraría, no pudo evitar sentirse decepcionado de las nefastas condiciones de aquel escondite oscuro y manchado en el que debía reposar. Se esforzaba por mezclar su cansancio con la oscuridad homogénea que le engullía, pero la negrura tan gélida como inclemente le atemorizaba y le arrebataba la ridícula esperanza de descansar aunque fuera poco.

La noche se deslizaba lenta entre sus ojos que no podían más que vislumbrar figuras extrañas a través del manto negro, y resolvió dar una vuelta convencida que dormiría después de eso. Era casi medianoche cuando él irrumpió en un vestíbulo muerto, cada cosa permanecía irremediablemente fija en su lugar, incluso el silencio. Entonces una niña apareció desde el pasillo abrazando una muñeca, le saludó con gentileza a varios metros de distancia y salió por la puerta principal.

Él se recostó en un mueble viejo y tomó un periódico que llevaba mucho tiempo allí, notó la banalidad de las noticias impresas en el frágil papel y volvió a cuestionarse la decisión de pausar su viaje para llegar a ese insípido lugar. El reloj de pared que le observaba atento no había cambiado mucho cuando por fin él tiró el periódico y se levantó lentamente, en ese momento un hombre con vestimenta elegante le preguntó por una niña de aspecto particular, charlaron contados segundos y hasta que el hombre de traje salió por la niña.

Le causó curiosidad la extraña aura de misterio que envolvía a los que parecían padre e hija, pero supuso que serían viajeros obligados a salir de su camino, igual que le ocurrió a él. Con calma abrió la puerta de su cuarto y cuando desde adentro la cerraba notó la delgada figura de un anciano de pie cerca al humilde mostrador, rápidamente salió al pasillo para encontrar nuevamente una sala vacía y abandonada.

Se sumergió por segunda vez en aquellas tinieblas absolutas y la pobre cama intentando resolver el enjambre de ideas que le abrumaban hasta que sus ojos no encontraron más solución que cerrarse sin avisar.

El alba llegó y seguía cansado, le molestaba sentirse así porque su destino se hallaba distante. Salió al vestíbulo y la mujer gorda de las ojeras se escondía en su silla igual que la noche anterior. Recordó todo lo pasado y preguntó por el anciano, el hombre de traje y la niña a la que perseguía. La mujer reacomodo su silla y le miró a los ojos diciendo:

— El anciano es mi difunto padre, quien abrió este hotel hace medio siglo. El hombre de traje es el fantasma de mi esposo y la niña era nuestra hija. Como puede ver aquí no nos olvidamos de nadie, pero nosotros ya fuimos olvidados por todos, incluso por la muerte.

Isaac Benavides.

 

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