Aquel tiempo era inclemente, desbordante de fragilidad con un ligero toque de hostilidad. Su encierro se veía acaparado por la musicalidad que provoca la lluvia al chocarse contra el techo y el suelo, traía consigo la esfera densa de otros lugares y otros esfuerzos, otras emociones y quizá otras vidas. Plagado de incertidumbres, de dudas y silencios, construyendo un futuro a base de imaginaciones sucumbidas en el tiempo, mientras los individuos que danzan a su alrededor se muestran indiferentes al infierno que guarda su alma desplomada en medio de la oscuridad que aprisiona su humilde morada.

Al consumirse día tras día en sus constantes malestares físicos añoraba con exageradas ganas la llegada aquella voz, esa que retumbaba en sus oídos con el fino silbido del viento que le indicaba que a sus débiles esperanzas aun le quedaban algunos momentos de solemne verdad. Esa realidad se acomodaba a su lado para que no sintiese así el peso de los eternos días en los que la soledad se apoderaba de todo incluyendo sus momentos de cordura.

Postrado en una cama, inamovible, adolorido, con las prominentes marcas que agrietaban su rostro y con el cabello desprendiéndosele a pedazos, atiborrado, pacíficamente estresado, dudoso y angustiado. Así permanecía largo rato, sumido en tristes reflexiones que ondeaban en cada rincón de sus vacíos existenciales, de su crueldad como ser, y sus añoranzas que entonces no eran escuchadas. La penumbra ondeaba entre las paredes y con sus extenuantes pasos hacía florecer aquella vulnerabilidad, ese miedo, y esa sensación del niño perdido que busca consuelo en los brazos de su madre, sus anchos recuerdos le amargaban la vida indigna que llevaba. ¡Qué desdichado y pobre hombre que al caer en desgracia ha notado que no tiene nada!

Entre tanto sus inquietos sueños se veían turbados una vez a la semana por esa dulce voz, esa que poseía el libro en los labios, esa que ponía a disposición suya toda la imaginación, el viaje y las sensaciones de otros mundos fuera del alcance de sus ojos, ese ser quien poseía la tranquilidad ajustada a su eventual sordera.

Y entre semana y semana el bulto de hojas disminuía con gran rapidez, como los latidos que proliferaba su alma, como los recuerdos que desaparecen al correr el velo de la vida. Y aquel anciano se hallaba con una tranquilidad diferente a la que otorga el pacifismo de quien espera o de aquel que está harto de todos. Esa noche, al terminar la última frase de aquel fascinante libro se sentía satisfecho, tan satisfecho que al cerrar los ojos se entregó con total benevolencia a los recuerdos eternos de los que ahora hacía parte.

 

Grace Suárez R.

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2 comentarios en “El último libro leído

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