Frente a los nevados picos de una sierra montañosa, las famélicas paredes se curvan y resquebrajan para no caer y morir en el suelo. Del único muro pintado y de una apertura cuadriculada nace la figura ligeramente curvada de ella, sus pies se movían con ceremoniosa lentitud para no tropezar y derramar el café recién preparado, le gustaba dulce y aromático. Apagó una lámpara de gas colgada junto a la pared y despacio se recostó en su silla viendo como el cielo desgarraba la humedad de las montañas, arrancándole nubes para luego ponerlas en el azul de fondo y armando poco a poco la perfecta composición de colores típicas de las mañanas en la montaña.

Se metió a la cocina y preparó unas arepas que sirvió con queso, aun nacía de ellas una etérea estela de vapor cuando eran tomadas por las gruesas y ancianas manos de su esposo. Ella se ubicó a su lado para verlo comer en silencio, sabía que a él le gustaba comer sin mediar palabras y solo le saludó hasta cuando desapareció todo el contenido del plato y consumida la última gota de café.

La temblorosa y oxidada camioneta se alejaba por el sendero de arena húmeda mientas ella la miraba llegar a la carretera. Caminó hasta la batea y lavó la ropa de su marido, al estar más sucia necesitaba mayor atención, después hizo lo mismo con la suya. Puso sobre la estufa una olla con lentejas y en un caldero contiguo preparaba arroz. Machacó mucho ajo, a ambos les gustaba sentirlo en la comida. Al final echó una panela en agua esperando que, al llegar el señor de la ciudad, ya estuviera disuelta.

Su hombre llegó con la tarde y comieron a la vez que el sol cansado se deslizaba en un poniente rojizo. Terminada la cena hablaron por largo rato junto a la puerta y al oscurecer encendieron juntos la lámpara de gas que colgaba en la pared y se metieron a la cama abandonando la noche.

 

***

Como una bestia que sale de su cueva con temor, caminaba ella con lentitud perpetua, en su mano reposaba un café recién preparado, lo prefería dulce y aromático. Apagó la lámpara enganchada a la pared y con cautela se apoyó en su silla viendo al cielo fundirse con las montañas, mezclando nubes y niebla en una masa blanca que se elevaba regalando una imagen que conocía de memoria, pero que cada día, seguía admirando.

Entró a la cocina e hizo arepas asadas que sirvió con queso, de ellas brotaba un humo blanquecino que fue cortado por las bruscas manos de su marido. Ella se sentó a su lado sin emitir sonido alguno, cuando él comía le molestaban las interrupciones y le deseo un buen día solo después de acabado el desayuno.

El destartalado vehículo de su esposo se hundía en un estrecho camino que llegaba a la carretera, ella lo observaba en la lejanía y pensaba en variar el menú de la cena. Se paró frente a la batea para lavar la ropa, empezó con la de su hombre porque se notaba más sucia, continuó con la de ella y la tendió al sol. Entró a la cocina y se le ocurrió preparar lentejas, a ambos les gustaba, en especial con mucho ajo. Puso las lentejas al fuego, pero no encontró caldero para el arroz así que solo lo preparó hasta desocupada la olla de las lentejas. Termino su tarde echando una panela en una jarra de agua, calculaba que estaría disuelta para la hora que llegara el señor.

Su hombre apareció con el atardecer y se dispusieron a comer. Probado el primer bocado notaron la simpleza del arroz, era una masa blanca e insulsa desagradable al paladar. No le pusieron problema y lo revolvieron con las lentejas. Salieron a recibir las últimas luces del día y cuando el panorama era solo oscuridad, encendieron juntos la lámpara de gas.

***

Un sol tímido e invisible clareaba el firmamento y sus montañas, ella emergía con calma de la oscuridad de su casa mirando fijamente la belleza omnipresente en la naturaleza. Se recostó en su silla y sintió el perfecto aroma de su café, pero al llevarlo a su boca era insoportablemente amargo, había olvidado ponerle azúcar. Decidió tomarlo así, entrar y endulzarlo implicaba perderse la solemne puesta en escena de las nubes desprendiéndose con indiferencia de las montañas y dejándoles desnudas y desamparadas. Siempre disfruto de aquel espectáculo.

Entró a la cocina y preparo unas arepas que más tarde acompaño con queso, emanaba de ellas un velo blancuzco que fue groseramente ignorado por el hombre que las comía desinteresado, casi aburrido. Para no interrumpir la ceremonia de la mañana, se ubicó a su lado y le miró en silencio.

Veía de lejos el carro viejo de su esposo fundirse entre los árboles que rodeaban una senda de tierra mojada, sabía que conducía a la carretera, pero ignoraba a donde llevaba la misma. Caminó a la batea y deseo lavar la ropa hasta ver que ya no quedaba detergente y que no le encargó a su marido traer más. Se sentía frustrada y enfurecida, primero el desagrado de su pareja con el desayuno y después la fallida lavada de ropa. Para alegrar la tarde pensó en darle a su hombre un plato grande de lentejas con mucho ajo, desde siempre fue su comida favorita y era excelente puesto que vio lentejas en la cocina. Emocionada sacó los granos y se enfocó en preparar una deliciosa salsa.  La furia se desató al buscar por una hora con que machacar el ajo. Resolvió calmarse y usar el cuchillo, picado finamente también daría un buen sabor.

El cielo empezaba a tornarse opaco cuando el hombre entró por la puerta y se topó de frente con un enorme plato con lentejas y otro con arroz. El olor que flotaba en el aire era exquisito y aunque ya deseaba comer otra cosa, terminó devorando todo frente a él. Salieron a platicar con el crepúsculo y notaron que la lámpara estaba encendida, por la mañana nadie la apagó y se mantuvo fielmente prendida sin importar que no era necesaria. Su señor le miró confundido y no tuvo opción diferente de rellenar el gas de la lámpara. Charlaron por corto lapso y se sumergieron en la oscuridad de la casa.

 

Isaac Benavides

 

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2 comentarios en “Neblina de madrugada

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