Grito y nadie viene, me oyen, es inevitable,
sigo gritando… Levanto la voz y solo hallo el silencio,
me duele mucho la garganta y mis propios gritos me ensordecen.
Mientras tanto quedo ahí, desesperado, agotado, olvidado y perdido,
encerrado en el claustro, otra vez, como todos los días,
y todos pasean afuera felices ignorando mi dolor.

Mi alma grita con fuerza en medio del desierto,
Y es aún más fuerte el clamor de mi sufrimiento
que jamás ha sido escuchado.
Y mis voces retumban de desesperación,
oprimiendo mi alma adolorida desde que no está.

Mi boca se abre más y más, mi garganta se quiebra ensordeciéndome,
derritiéndome entre la desesperanza y el dolor,
y todos sumidos en la ignorancia de mi insoportable agonía.
Y sigo gritando, me saludan, se sonríen y se carcajean,
mi grito se quiebra, y sigo, pero me desvanezco
y me disuelvo en las dolencias.

Todos me ven ahí y solo dicen: “hola”
Pero, no hacen nada, no pueden,
y mi espectro se termina con el alarido de ese padecimiento,
y en el desvanecimiento de mis carnes digo: “hola”.
Todos pasan y me ven allí… muerto,
pero, no hacen nada, no pueden.

 

Gerson Rodríguez.

 

 

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