Flotando como en el éter, la ignominia se movía con la humedad del aire denso de la ciudad. El estático caos del tránsito sufría bajo una cruel precipitación.

Al final de la calle Roshark, en la que termina el infinito desfile de luces rojas y amarillas, nace de manera inusitada un imponente árbol de hojas anchas y jugosas frutas. Esta gloriosa existencia venera con conmiseración las fugaz y frustrante vida humana que se desgarra del mundo encerrándose en asfixiantes cabinas metálicas y lanzando injurias contra ellos mismos. El paciente árbol se burla moviendo sus ramas con desdén mientras, en su interior, entre sus raíces guarda la verdad del mundo.

Enterrado en el olvido del pavimento un enorme monolito más antiguo que la humanidad tiene en su frente el fatal epigrama con la inscripción sagrada de una especie representada en la estructura de madera que sirve hoy como protectora, la que algún día se alzara para recuperar lo que le pertenece sabiendo que tiene de su lado al tiempo.

 

William Mørket.

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Un comentario en “Efímera invasión

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