La noche de la gran presentación en la segunda inauguración del gran teatro y frente un exigente público formado de eminentes figuras de la música en el mundo, Marcos arreglaba su liso cabello que seguía húmedo por la ducha. Planeaba en silencio cada detalle de lo que haría aquella trascendental noche mientras veía en el espejo el reflejo de su esposa Mary que, tras él, ponía sobre su piel morena las primeras y más íntimas prendas. Siempre tenían sexo antes de las presentaciones importantes, habían adoptado la costumbre desde que eran novios casi diez años atrás cuando jugueteaban con sus cuerpos cerca del brillo dorado de los instrumentos de viento.

En aquel entonces solicitaban permisos para practicar solos en un pequeño teatro llamado Judi Dench fuera del área metropolitana, subían al escenario y hacían chocar contra las paredes viejas las complejas notas de saxófono y clarinete. Luego, como excitados por la aventura, se iban al camerino y acomodando bien sus instrumentos tenían encuentros tan fogosos como románticos, a Marcos le encantaban sus cabellos crespos y abundantes a la vez que ella disfrutaba de su altura y vigor.

Saciado el deseo, se iban a sus casas para alistarse y cumplir con los deberes artísticos, fueran estos conciertos en parques con públicos formados de universitarios y uno que otro curioso que rondaba la zona, o discretos toques en bares dentro de zonas prestigiosas en el norte de la ciudad. En uno de estos últimos eventos fue donde conocieron a Fernando, un hombre con ojos color naturaleza y su cabello tenía la misma elocuencia de su boca. Este con sus cuarenta años casi doblaba en edad la juventud de la pareja de músicos y usando todo su conocimiento les convenció de que pasaran la noche en aquel bar hablando de música clásica entre cocteles y picadas.

Así se hizo amigo de la pareja que pasaba su vida entre música y cultura. Moviendo influencias al ver el potencial que nacía del talento y unión de aquellos artistas, consiguió abrirles un espacio fijo cada sábado en la noche en un club elitista al que solo asistían figuras importantes del plano local. Marcos veía en cada presentación el inicio de una vida donde se materializaban las promesas hechas a Mary el día en que decidieron empezar un noviazgo en el colorido jardín de la casa donde recibían sus clases para instrumentos de viento. Ellos en el abril de sus vidas se juraron una eternidad juntos, en la que triunfaban como músicos en el plano nacional y eran reconocidos como ejemplos en el arte además de demostrar la resistencia de sus sentimientos. Ella por su parte se enfocaba en el prometedor futuro que llegaba a ellos como maná y recompensaba el vasto esfuerzo empleado en las noches practicando melodías de elevada dificultad y descifrando a oído puro las notas detrás de una sonata clásica.

No tardaron en formar un grupo guiados por Fernando quien les brindaba apoyo y confianza. Marcos y Mary hallaron allí el momento propicio para regalarle al mundo las increíbles composiciones en las que habían trabajado como colegas y pareja. Fernando por su parte no faltaba ningún sábado al club para escucharles tocar y darles fuerza desde el público.

Un fin de semana cualquiera perdido en el correr afanoso de las hojas del calendario, Marcos fue invitado por un grupo reconocido a nivel nacional, la propuesta llegó directamente de la boca de Fernando quien había intentado conseguirles un espacio en un concierto para la beneficencia. Con tan mal desenlace que solo fue invitado Marcos, mientras que Mary recibió con serenidad la noticia. Tenían ya un año viviendo juntos y recordaba con amor las peripecias hechas por su actual esposo para compra una vivienda digna de músicos. Y fue precisamente con música como sellaron su unión, antes de culminada la noche a ella le tomó por sorpresa ver que sus compañeros iniciaban una extraña melodía, solo ellos dos habían dejado de tocar y sobre una tarima observada por distinguidas personas, él sacó un anillo con el resplandor mismo que nacía de los ojos consternados y llorosos de Mary.

La pareja había madurado y ya no era raro que tocasen separados, Fernando quien ahora actuaba como manager de ambos había recibido la orden de arreglar cuantos eventos fueran posibles, la pareja se había empecinado con reunir dinero para invertir en el plano cultural de su ciudad. Fue en esta época en la que duda invadió las notas del saxofón de Marcos, le extrañaba la manera en que su representante se alejaba de él que era el líder del grupo, para acompañar y seguir a Mary. Le fastidiaba especialmente ver en ellos la complicidad de unos niños que ocultan galletas para comerlas por la noche.

Su desconfianza se vio acrecentada por comentarios que a sus oídos llegaron, rumores de salidas furtivas y horarios extravagantes que creaban en él una desagradable mezcla de ira e incertidumbre, pero consiguió dejar todo aquello de lado para disfrutar del éxito que gozaban y del inminente estrellato que les esperaba. El dinero no se hizo esperar y con ello pudieron impulsar los planes utópicos que brotaron del deseo de darle algo al futuro del arte. De esta manera, lograron revitalizar el teatro Judi Bench, ampliando la tarima para que una orquesta se presentase y abriendo nuevos palcos para los amantes de lo lujoso.

El teatro tomó más fuerza de la que tuvo en su primera juventud y ellos contemplaban el poderío del símbolo de su amor, un espacio que les abrió sus humildes puertas para abrigar el calor que nacía del viento dorado en sus instrumentos. El escenario llegó a su clímax al ser elegido para un importante recital en el que la pareja participaría abriendo el espectáculo. Ocho años como esposos y más de diez compartiendo vivencias estallaban en un excelso brindis de éxito y nostalgia.

Llegados al aclamado sitio les esperaban manos extendidas acompañadas por halagos refinados que nacían del cortés y experimentado público. La etiqueta del lugar era innegable, la madera barnizada se había puesto un glamuroso vestido violeta con destellos dorados. Marcos miraba a la escena con la perplejidad con la que toma la mano de Mary en el altar mucho tiempo atrás cuando intentaba espantar sus temores pensando en pentagramas y partituras. Le extasiaba la belleza que podía alcanzar aquello a lo que se creía acostumbrado. Expresión similar a la que, llegado el instante cúspide, mostró el auditorio al notar una silla vacía en el centro de la orquesta, justo al lado izquierdo de un hombre alto de cabello liso que lloraba al moldear con sus manos ensangrentadas una melodía que se mezclaba con un profundo y gigante sonido compuesto de todos los instrumentos visibles y de ahogados gritos de dolor que venían de una pareja que yacía desnuda y empapada en una espesa amalgama oscura dentro de un camerino en la parte trasera del hermoso teatro.

Isaac Benavides.

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