Quiero empezar este escrito aclarando que no lo hago por deseo propio, se me ha impuesto como requisito para abandonar esta prisión de bombillas fluorescentes y pisos blancos. Además, deseo con esto dejar constancia del correcto funcionamiento de todas mis habilidades cognitivas y comunicativas. Sin más, iniciaré mi relato.

Un punto del que vale la pena iniciar esta historia es la iglesia de nuestra señora de Chiquinquirá, templo que aquella tarde ennegreció para honrar a Sebastián, mi hijo. Ese día yo era la sombra principal, como un sol negro alrededor del cual giran astros de naturaleza irrelevante para la ocasión. Recuerdo perfectamente mis lágrimas humedecer el velo sobre mi rostro. Incluso me parece que ahora las cosas son más claras que en aquel momento turbio y nefasto, siento que poseo ahora la lucidez que perdí tras la fatal noticia.

Los estímulos eran distantes, irreales, como si alguien hubiera tomado por mí la taza caliente con una bebida aromática o si una impostora se adueñara de las palabras de consuelo y apoyo que debían ser para mí. Debo reconocer que no me creía parte de esa realidad irrefutable, era más parecida a una espectadora sentada en un palco muy lejos del escenario.

Entonces mi alma descendió hasta tocar con mis propios dedos el suelo bajo del suelo, mi espíritu cayó a un profundo foso desde el cual la vida era semejante a una luz pegada a un cielo inalcanzable. Entonces lo único que consiguió detener mis lágrimas y aliviar el punzante dolor eran las promesas de un tiempo mejor. Aquellas palabras llegaban siempre desde el amplio recinto de paz y culto. Volví a la iglesia por insistencia de varios seres cercanos, decían siempre que allí mi alma encontraría reposo y fue una enorme alegría descubrir que así fue.

Comencé a asistir con puntualidad cada domingo, luego dos veces por semana hasta dedicar gran parte de mi tiempo al estudio de la bondad de nuestro Señor, Él, que una noche de febril nostalgia me habló como lo hizo con Noé o Moisés. Su voz clara y profunda nació de mi refugio colmado de soledad y llego a mí conmoviendo cada neurona de mi cerebro. «Te devolveré a tu hijo si cumples mi palabra» fue lo que dijo, y desde entonces he actuado conforme su voluntad. Entendí por mi vivencia la enseñanza consignada en las sagradas escrituras y es que la gloria está reservada para las víctimas y sus penas, quienes han visto su vida deshacerse y reducirse a escombros de desolación.

Sus órdenes fueron relativamente sencillas, lo primero que se me exigió fue desprenderme del tiempo para dedicar mi cuerpo al ayuno y mi mente a la oración. Las tareas continuaron aumentando el esfuerzo que requería cumplirlas. En diversas ocasiones necesité el apoyo de Cristian, mi esposo, del que obtuve solo negativas húmedas de lágrimas y sucias de reproches. Él nunca fue capaz de escuchar la voz de Dios. La situación se hizo tensa entre nosotros al punto de impedirme continuar con los designios divinos.

Todo explotó cuando me descubrió intentando cortarme un dedo, lo que realmente era un tributo. Cristian me pidió que lo dejara, que fuéramos por una ayuda que solo él necesitaba, me rogó en repetidas ocasiones que aceptara la perdida y al final suplico que soltase el cuchillo, gritaba enérgicamente y luego lloraba desconsolado al notar cuan profundo llego la lámina puntiaguda de acero. Nuestras lágrimas se mezclaron creando una sustancia nueva, la que resbalo por nuestro pecho y llego hasta al suelo para levitar sobre la sangre.

Quiero pedirle perdón doctor por las gotas que reposan en esta hoja y el tambaleante pulso que dibuja las letras, pero no puedo evitar llorar al recordar tan funesto suceso y aunque fue doloroso para mí, era necesario pues es mayor el amor que siento por mi hijo, mas ahora sabiendo que mi penitencia fue saldada y solo debo ir al lugar en que fue enterrado para verlo otra vez.

 

William Mørket.

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2 comentarios en “El camino del penitente

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