Cuando la lluvia cesó ella había muerto. El gélido ambiente consumía como brasas sus aleteos insistentes por mantenerse absolutamente móvil, hirviente y respirando con fervor en medio del desconsuelo encarcelador de esas lluvias nocturnas.

La agonía cíclica que ondeaba en su cuerpo se inmovilizaba como las hojas en aquella madrugada callada. Con total parsimonia las cortinas amarillas se elevaron con el fino viento que se colaba por el gran ventanal, volviéndolo un velo fantasmal que acariciaba con total frivolidad sus fríos y entumidos pies. En la exigua claridad circundante aparecían los rostros como manchas negras formadas en el fino telar ilusorio que atrapaba la defectuosa visión nocturna y que entretanto se asociaban a sus indescifrables miedos. Atacantes aquellos en medio de la lejanía de su débil cuerpo, lo vuelven pesado, inestable, y nauseabundo. Desequilibrando sus vísceras desde la mente provocándole desvelos, alucinaciones, mareos y náuseas tan intensas como las alborotadoras fuerzas que adoran amarrarla a su encuentro con los sueños. Los malestares le otorgan sensaciones inquietas y debilitamiento, mientras esclarece que en sus imaginarias tranquilidades sus pesadillas podrían desterrarla del mundo corpóreo sin mayor esfuerzo pues en la consumación de aquellas fantasías no se encontraba algún ser exterior que pudiese arrancarle ese estado del cuerpo y mucho menos de la mente.

Las energías que se imprimían sobre ella la sumergían en una profundidad absoluta, en una opacidad sombría y en una irreflexión jamás conocida, y luego se veía en un rincón incorpóreo de su mente tan fuerte cuando en medio de las claridades del cielo y las calles con gentes absorbía voluntades y sentires ajenos a ella como búsqueda de alimento para su espíritu y luego estos les eran arrebatados entre las nocturnas horas cuando deseaba descansar.

Junto a la oscuridad de la habitación cerraba los ojos y se acostaba a dormir, entregándose a un pacto desconocido que se le adjudicaba por poseer ese encanto de atraer lo que no se podría obtener entre los tiempos de su consumada y bien formada depresión. Ese intruso instalado en su cabeza y en sus días abría los ojos a la inclemente oscuridad, despertaba con un hambre tan voraz que se apoderaba de esas energías obtenidas durante el día para alimentarse a través del cuerpo que no puede tener.

Sus pasos andaban sobre el arenoso piso y el estrecho pasillo deseando completar la rutina antes de ir a dormir. Todas las luces debían estar encendidas quemando las habitaciones con el fuego que emanaba de su amarillenta coloratura, su caminata iniciaba en la sala y debía acabar al final del pasillo donde su cuarto tristemente la llamaba. Con gran timidez avanzaba al encuentro con sus miedos mientras en cada paso por una habitación apagaba una luz, hasta llegar al dueño de sus sueños al controlador de sus agonías, allí estaba el placer y la ofuscación.

Justo allí donde el goce amenaza con la vida, donde al acomodarse con esperanzas se consume por completo sus esfuerzos, dejándole los vacíos las penas y los horrores. Al desprenderse su cuerpo de su alma ocurre un cataclismo amenazador mientras el debilitado cuerpo se va apagando como las luces de fuego de su casa, como los latidos del corazón, y como las ilusiones de algún tiempo baldío. Mientras el tiempo le otorga facilidades de autodestrucción ella solo se halla inmóvil, tan inmóvil como deseando imprimirse la tranquilidad o quizá sobre esforzándose para no aparcar en el muelle de los eternos sueños.

 

Grace Suárez R.

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