Y el hombre había desaparecido mucho antes de poder despedirme de él.

Las colinas que le vieron crecer lo arrastraron de nuevo a sus garras protectoras volviendo mi cielo gris y ruin, dejando en mi cabeza los ecos producido por el sonido de las taconeadas que daba con sus zapatos. Mis ojos simplemente un día dejaron de verlo, desapareció sin preguntas, no quedó nada de él, se esfumó de la tierra como el humo de mis suspiros que se elevan hasta el cielo. La gris pluma con la que escribo me recuerda un poco a él, y más cuando sobre mis escritos se posaba su magnífica letra acompañada del dulzor de su sonrisa.

El tiempo enmarañado de amarguras me transcurrió en las venas heridas que sofocaban los ánimos con los que debía empezar cada día. Me abalancé sobre el invisible rastro de su recuerdo deseando alcanzarle entre la niebla que abatía cada uno de mis días, pero el inminente abandono que no quería aceptar me disparó en la cara y me dejó inerte en el pozo de la depresión.

Las carreteras transitadas me llevaron a diferentes caminos donde la cruda realidad arremetía con fuerza sobre mis débiles sentidos que se encontraban cegados a las maravillas que ondeaban en las diferentes situaciones. Me atiborré en un solo momento infeliz y me marchité como las flores en el fúnebre otoño. Viajé tanto pero sin salir de casa y las maravillas que encontré en mi cabeza me fueron suficientes para escribir incluso en medio del dolor.

Y un día en medio de los estragos de mi vida apareció una figura similar al desaparecido, y ciertamente el aura que le rodeaba se me hizo tan familiar que pronto afloraron en mí los rencores y se adhirieron al extraño que aún no se había percatado de mi existencia. La fuerza de sus palabras despedían una veneno que me estacaba el corazón, pero tan ciertas resultaban sus palabras que me hacía necesitarle. Pensé en el tiempo perdido y en la fascinación mía al encontrar un rasgo del desaparecido en él.

Aun cuando mi encanto se centraba en la energía que de él se desprendía guardaba la distancia necesaria para evitar caer en la absoluta necesidad y verme tan vulnerable. Y así en el momento menos esperado me encontraba con él en un cuarto de paredes blancas, lleno de adornos y vitrinas con libros, además había un escritorio y dos sillones marrones tan cómodos como una cama.

Nos encontrábamos allí, compartiendo el silencio y al igual que el hombre que había desaparecido me contagiaba de su carácter. Físicamente eran muy diferentes sobre todo por la diferencia de edad, pero el alma parecía venir del mismo árbol de ensueño.

Al igual que el otro era capaz de regañarme al son de la dulzura, de compartir la belleza del silencio en una mirada profunda cuyo color miel incitaba a la calma. Al igual que el otro creía que yo era fantástica, con dotes artísticos tan superiores que podía alcanzar lo que quisiera e incluso debo admitir que la grandeza de su fe en mí me dio la fuerza necesaria para poder vivir.

Grace Suárez R.

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